Así empieza
Tres días atrás el humo espeso de las iglesias oscureció el cielo de Grevías. El ejército había militarizado la ciudad. Por las noches, grupos de soldados recorrían las calles en pequeños destacamentos. Nadie se atrevía a salir después de las seis. En la plaza, a pesar de las labores de limpieza, yacían diseminados restos de metralla, fragmentos de piedra y trozos de madera calcinados por el fuego.
Un grupo de voluntarios trabajaba desde el amanecer en la reconstrucción de las iglesias. Entre los feligreses se desató el fervor religioso. Cada tarde después de acarrear durante horas los restos de rocas y fragmentos de metales retorcidos, asistían a misa en silencio. Luego entraban a recibir la bendición. Fuera, los soldados velaban hasta que pasadas las ocho, el cura repartía los santos sacramentos y la gente se dirigía a sus hogares en pequeños grupos.
A partir de ese momento nadie estaba autorizado a circular por la ciudad. El recuerdo del ataque de Pablo estaba demasiado reciente como para que los guardias hicieran bromas. Pesaban sobre ellos las muertes de sus compañeros y la orden tácita de morir en combate antes de enfrentarse a otra derrota. A diario salían destacamentos a batir la sierra, grupos de exploradores con perros de presa y gente conocedora de la zona.
Regresaban exhaustos después de recorrer las cañadas, apartando las zarzas de la vereda. Los peores momentos eran cuando se hundían cuatro o cinco hombres en los desniveles del suelo al pisar en falso, sobre la vegetación. Esa tarde llovía desde temprano con una persistencia exasperante. La niebla dificultaba la visión a tal punto que redujeron la velocidad de la marcha. Los perros, después de una quebrada, se pusieron nerviosos; con la cola estirada y los músculos tensos, gruñían en actitud defensiva.








