El comienzo de
Día de difuntos: pan y ceniza
Ray Bolívar Sosa · Se lee en 8 min · Sobre el libro
El pan
Tres días atrás el humo espeso de las iglesias oscureció el cielo de Grevías. El ejército había militarizado la ciudad. Por las noches, grupos de soldados recorrían las calles en pequeños destacamentos. Nadie se atrevía a salir después de las seis. En la plaza, a pesar de las labores de limpieza, yacían diseminados restos de metralla, fragmentos de piedra y trozos de madera calcinados por el fuego.
Un grupo de voluntarios trabajaba desde el amanecer en la reconstrucción de las iglesias. Entre los feligreses se desató el fervor religioso. Cada tarde después de acarrear durante horas los restos de rocas y fragmentos de metales retorcidos, asistían a misa en silencio. Luego entraban a recibir la bendición. Fuera, los soldados velaban hasta que pasadas las ocho, el cura repartía los santos sacramentos y la gente se dirigía a sus hogares en pequeños grupos.
A partir de ese momento nadie estaba autorizado a circular por la ciudad. El recuerdo del ataque de Pablo estaba demasiado reciente como para que los guardias hicieran bromas. Pesaban sobre ellos las muertes de sus compañeros y la orden tácita de morir en combate antes de enfrentarse a otra derrota. A diario salían destacamentos a batir la sierra, grupos de exploradores con perros de presa y gente conocedora de la zona.
Regresaban exhaustos después de recorrer las cañadas, apartando las zarzas de la vereda. Los peores momentos eran cuando se hundían cuatro o cinco hombres en los desniveles del suelo al pisar en falso, sobre la vegetación. Esa tarde llovía desde temprano con una persistencia exasperante. La niebla dificultaba la visión a tal punto que redujeron la velocidad de la marcha. Los perros, después de una quebrada, se pusieron nerviosos; con la cola estirada y los músculos tensos, gruñían en actitud defensiva.
Nadie se atrevía a continuar. El camino apretado por la espesa vegetación dificultaba la marcha. Varios soldados con la rodilla en tierra, apuntaban en dirección a un pequeño claro cercado por la maleza. El primero en detectarlo fue el soldado Artigas. Alzó el brazo en silencio mientras apuntaba. El capitán Galán acudió a su lado y entonces se desataron los disparos. Una andanada tras otra. Galán, rojo de ira, ordenaba a sus hombres que detuvieran el fuego. Los perros ladraban con insistencia.
No tardó la vanguardia en rodear el claro y ocupar la posición. El capitán siguió los pasos de sus hombres desplegados en actitud defensiva, listos para disparar. Nadie, no había nadie. Se fijó enseguida en un vestido de pana rojo con cuello Peter Pan. Por el tamaño, pertenecía a una niña no mayor de ocho años. El capitán reflexionaba en silencio cuando fue interrumpido.
—Permiso, capitán. —Galán ignoró al soldado y este insistió. El choque fue inevitable.
—¡Qué, qué! —Los perros ladraban. El soldado señaló hacia el vestido.
—Capitán, esto es lo único que encontramos. —Galán fulminó al joven soldado con la mirada. Caminaba nervioso, con pasos cortos a uno y otro lado.
—Ya sé que por este trapo revelamos nuestra posición. —Galán se encaró al soldado, alzaba las manos enérgico—. A estas alturas los hombres de Pablo deben estar preparando una emboscada. ¿Sabes lo que significa?
—Con el debido respeto, capitán. Creo que hemos cometido un error. —Galán estuvo a punto de lanzarle un exabrupto en pleno rostro, si no lo hizo fue por el peligro que corrían. Prefirió tranquilizarse. El peso de la contrariedad se notaba en sus palabras.
—¿Cómo te llamas?
—Artigas, mi capitán.
—¿Artigas qué?
—José Artigas.
—Tienes un minuto para explicarme por qué cojones crees que cometí un error. —El soldado recogió la pieza de la tierra.
—Es un vestido de niña.
—Evidente.
—Capitán, hace dos días se perdió una niña en el pueblo. —Galán se acercó con el dedo en alto.
—Explícame ¡qué cojones tiene que ver una niña desaparecida con Pablo! —Los perros ladraban cada vez con mayor fuerza.
—Los animales han equivocado el rastro o la niña iba con el grupo de Pablo.
—¿Iba? ¿Por qué dices iba?
—Por los perros, capitán. —Galán arrugó el entrecejo.
—No me estoy enterando, Artigas. Habla de una puta vez.
—Los perros han seguido el rastro de la niña. Suele pasar, capitán. Los animales confunden el rastro y nos han traído hasta aquí. —Galán se acercó despacio.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Por los perros. —Galán observó al rastreador. Hacía esfuerzos por tranquilizar a los perros. Artigas siguió hablando.
—No creo que Pablo esté por aquí. Más bien debió ir hacia el norte, a las cuevas. —Galán encendió otro cigarro.
—Ah, sí.
—La subida es mucho más difícil y los senderos estrechos. Además es la zona con mejor caza. —Galán escuchaba con atención.
—Y según tú, ¿qué debemos hacer? —Artigas titubeó. La seguridad y su firmeza desaparecieron. Galán sonreía.
—Que venga el rastreador —dijo el capitán. Enseguida los perros llegaron junto a él. Félix mantenía a los perros controlados con mucho esfuerzo. Tan pronto desvió la atención uno de los animales escapó.
—¡Pero! —El animal atravesó el claro aprisa y tras un pequeño rodeo comenzó a excavar. El rastreador fue uno de los primeros en llegar. El hombre pálido, se giró hacia el capitán.
—Vea, señor. —Fue lo único que atinó a decir. El perro había dejado al descubierto la mano de una niña.
A las cuatro y media de la tarde las campanas de la Iglesia de Santa Eulalia doblaron a difuntos, tres golpes y silencio; un ritmo que Grevías conocía de memoria aunque hiciera meses que nadie lo oía por una muerte que no fuera de guerra. Las puertas se abrieron una tras otra. Primero las mujeres, con el pañuelo todavía puesto, luego los hombres que dejaron las azadas contra la tapia. Se congregaron en la plaza, delante de la fuente seca, en silencio.
El furgón llegó media hora después. Bajaron el cuerpo entre cuatro, envuelto en una manta gris del ejército. Enseguida se corrió la voz. Era la niña de los Casals, la que llevaba dos días perdida. Miguel se abrió paso entre el gentío con el capote mojado por la lluvia. Un cabo controlaba la entrada.
—Mi comandante. —Hizo el saludo militar—. El capitán Galán ordenó que le avisáramos. —Miguel permaneció indiferente.
—¿Dónde está?
—Sigue en el monte. —Miguel miró la puerta cerrada de la sacristía y sus pensamientos escaparon hacia Isabel. Se recriminó en silencio. No era más que una joven como cualquier otra. Él cumpliría con su deber. Después de encontrar al culpable continuaría la carrera de medicina en Madrid y asunto terminado. Hizo una mueca de disgusto.
—Que nadie entre hasta que hable con el cura —dijo—. Y traiga el parte de la batida, completo.
El cabo impartió instrucciones al resto de soldados. Miguel se quedó un instante frente a la puerta con una mano apoyada en la madera. Fuera, se había congregado una cantidad considerable de vecinos. La madre de la niña apareció con el sello de la devastación impreso en el rostro. A pesar de su entereza, se notaba la desesperación en el semblante demudado por las noches sin dormir, con los ojos hinchados y rojos.
Nadie se atrevió a impedirle el paso. Bajo el pórtico la detuvieron los soldados. Miguel intervino para que la dejaran pasar. Al cruzar la puerta dos soldados la agarraron justo en el momento que se desplomó. Miguel esperaba a la llegada del médico con impaciencia. Ordenó que bajo ninguna circunstancia permitieran que la madre viera el cadáver. Al menos no por ahora. «Ropa, necesitamos ropa limpia para vestir a la niña». Detuvo a un soldado para que se encargara.
El médico forense acababa de entrar por la puerta trasera de la sacristía. Miguel cerró tras de sí y echó el cerrojo. Una hora después, el médico se quitó las gafas.
—No murió de frío, comandante.
Miguel apoyó los nudillos en el borde de la madera. Tenía las uñas blancas por la presión.
—El vestido apareció a diez metros —comentó Miguel. El forense hablaba con lentitud.
—Tenía tierra debajo de las uñas y marcas de dedos en los muslos y en la garganta. Quien lo hizo pesaba lo bastante como para partirle dos costillas al sujetarla contra el suelo. Será un hombre alto y corpulento. —Miguel observaba al médico con reticencia.
—¿Cómo lo sabe? Es una niña tan pequeña. —El médico señaló a una marca en la pierna.
—Por el ángulo de las marcas y la distancia.
Miguel no hizo más preguntas. A pesar del frío había empezado a sudar. Tenía además esa sensación en el estómago y la certeza, cada vez más patente de que la vida en realidad era un calvario, un manuscrito plagado de promesas incumplidas.
—No firme el acta todavía —ordenó—. Y si el capitán Galán manda a alguien a recoger el informe, dígale que el papel lo tengo yo. —El forense sujetó a Miguel por el brazo.
—¿Por qué no quiere que firme el acta?
—Hombre, no podemos achacar todas las muertes a Pablo, ¿o sí? —El forense quedó pensativo unos instantes. Miguel aprovechó para despedirse. No quería permanecer un segundo más en aquel lugar. Salió al pórtico. La lluvia arreciaba contra los escalones de piedra. La madre seguía sujeta por los dos guardias junto a la columna, con la cara vuelta hacia la puerta de la sacristía.
Miguel experimentó una sensación de vacío y tristeza al dejarla atrás. No podía decirse que cabalgara sobre el sufrimiento y, sin embargo, mientras más luchaba por enterrar el recuerdo de la niña, mayor era su desasosiego. El cabo apareció en ese momento con gesto contrariado. Miguel se detuvo junto a él. De pronto, desapareció la tibieza.
—Nadie abandona el cuartel esta noche —dijo—. Quiero la lista de todos los hombres que salieron de patrulla hace dos días con las horas de regreso de cada uno.
—Comandante, una última cosa. —El cabo dudaba—. La prisionera Theresa. —Miguel se interesó de inmediato.
—¿Qué le pasa?
—Está muy enferma, comandante.
—¿Cómo que enferma? Eso no tiene sentido. ¿De qué está enferma?
—No sabría decirle, comandante. Lleva dos noches con fiebre y sin comer.
A Miguel se le descompuso el rostro. Hizo un esfuerzo para mantener la compostura. Agradeció al cabo y enfiló hacia el cuartel general. Luego, por el camino, desvió sus pasos hacia la celda de castigo.