El comienzo de
Las torres de fuego
Ray Bolívar Sosa · Se lee en 26 min
Introito
En 1942, España vivía bajo la dictadura de Francisco Franco. La Guerra Civil había terminado tres años antes, pero para algunos hombres la guerra continuaba.
Mientras Europa ardía en la Segunda Guerra Mundial, en las montañas españolas pequeños grupos de guerrilleros, conocidos como maquis, mantenían viva la resistencia contra el régimen. Perseguidos por la Guardia Civil, escondidos en bosques y aldeas, sobrevivían entre el miedo, la delación y la esperanza.
Esta es la historia de uno de aquellos grupos, pero también es una historia de amor.
Sombra y fuego
España, 1942.
«¿Qué significa amar? ¿Se ama para siempre o solo durante un momento?» Isabel Arznaga llevaba buena parte de la noche haciéndose aquella pregunta. Su madre y sus hermanos dormían. Al menos eso suponía. La casa permanecía en silencio, salvo por el viento que golpeaba de vez en cuando las ventanas y hacía gemir las ramas de los pinos.
Horas antes había estado riendo con Fermina y Andrés. Andrés siempre encontraba alguna tontería que decir para hacerlas reír. Aquella noche el muchacho derrochaba jovialidad. En dos ocasiones rozó la mano de Isabel con una ternura más parecida a una caricia que a un choque espontáneo. Más tarde, cuando Fermina se marchó y la casa quedó a oscuras, Andrés golpeó suavemente el cristal de su ventana. Durante más de una hora él insistió en que se casaran. Como si le fuera la vida en ello. Ella solo consiguió hacer una pregunta.
—¿Y Pablo?
El rostro de Andrés se endureció de golpe.
—¿Crees que no simpatizo con tu hermano? ¿Piensas que soy un cobarde?
Isabel comprendió demasiado tarde que había elegido mal las palabras.
—Andrés, yo no he querido decir…
—Soy tan hombre como tu hermano. Te lo voy a demostrar y después vendré a casarme contigo.
Se marchó sin escucharla. Desde entonces Isabel iba de la cama a la ventana y de la ventana a la cama. Fuera, el viento empujaba las copas de los pinos. A lo lejos, un caballo relinchó. Isabel se quedó quieta. Reconocería aquel sonido entre cien.
—Tristán…
Esperó unos segundos. Nada. Volvió a la cama. Su hermano Pablo llevaba dos años escondido en las montañas al mando de un grupo de guerrilleros. Los soldados patrullaban continuamente el pueblo y las casas de quienes consideraban sospechosos. Hacía apenas unas horas, los hombres de Pablo habían matado a un capitán de la Guardia Civil. Precisamente por eso las últimas palabras de Andrés la inquietaban. ¿Qué pretendía demostrar?
Volvieron a llamar, esta vez a la puerta de la habitación.
—¿Te encuentras bien, hija? —Isabel tragó saliva, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y trató de recomponer la voz.
—Sí, mamá.
Sin embargo, la madre, en vez de marcharse, abrió la puerta. Era una mujer alta y esbelta. De facciones delicadas y ojos azules. Arrastraba un ligero acento francés al hablar, incluso después de tantos años viviendo en España. Se sentó al borde de la cama.
—¿Cuánto llevas despierta?
Isabel desvió la mirada hacia la ventana.
—No tengo sueño.
—¿Será por Andrés?
Isabel guardaba silencio. La madre sonrió con amargura.
—El amor es un gran misterio, hija.
—No es Andrés. —En el rostro impertérrito de la mujer surgió una arruga.
—Entonces…
Isabel guardó silencio. Durante meses había evitado salir de casa. Fermina se empeñaba en sacarla a pasear como si fuera tan sencillo enterrar el pasado.
—Lo extraño, mamá.
Theresa observaba a su hija con una mezcla de ternura y dolor.
—Tu padre era un buen hombre.
Isabel bajó la cabeza.
—No entiendo que esté muerto.
Theresa endureció el gesto.
—Tendrás que hacerlo. —La joven entrelazaba las manos con nerviosismo.
—Yo no quiero.
—Nadie te ha preguntado qué quieres.
Isabel empezó a llorar.
—No es justo. —Theresa se puso en pie.
—¿Justo?
—¿Crees que algo de todo esto es justo?
Isabel guardaba silencio.
—Papá salió de casa y no volvió. Pablo vive escondido como un animal. Nos vigilan. Nos han quitado las tierras. ¿Qué quieres que haga? ¿Que finja que no pasa nada?
El bofetón resonó en la habitación. Isabel se llevó una mano a la mejilla, miraba a su madre con incredulidad. Theresa tampoco pareció satisfecha consigo misma.
—¡Llorar no sirve de nada!
Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada. Fuera volvió a escucharse un relincho. Esta vez más fuerte. Theresa giró ligeramente la cabeza hacia la ventana.
—Los animales están inquietos.
Isabel se secó las lágrimas.
—Tristán lleva toda la noche así.
Theresa permaneció unos instantes escuchando. El silencio regresó.
—Mañana tendremos bastante trabajo. Las vacas no se ordeñan solas.
Fue hacia la puerta.
—Y tendremos que ir a la iglesia.
—No pienso ir.
Theresa se detuvo.
—¿Cómo dices?
—Que no voy a ir. Soy una mujer libre. Siempre me lo has dicho. —La madre alzó el dedo.
—También te he dicho que nuestra tarea es sobrevivir.
—Por respeto a papá, no puedo entrar en esa iglesia como si aquí no hubiera pasado nada.
Theresa respiró profundamente.
—Por respeto a tu padre tienes que seguir viva.
Se acercó otra vez a su hija.
—Escúchame. Nos han embargado las tierras. Los hombres que trabajaban con nosotros han desaparecido porque tienen miedo. Pablo está en las montañas y media provincia lo busca. Pero todavía tenemos la casa, los animales y el granero.
Señaló hacia la ventana.
—Ahí está nuestro invierno.
Isabel siguió la dirección de su mano. A menos de cincuenta metros, al otro lado del patio, se levantaba la silueta oscura del granero.
—El trigo, las semillas, el heno… Mientras tengamos eso, podremos resistir.
La muchacha volvió a mirar a su madre.
—¿Y después?
Theresa hizo una pausa.
—Después ya veremos.
Por primera vez en mucho tiempo, su voz perdió firmeza. Isabel la observó con atención.
—Mamá…
Theresa negó con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—No quiero hablar más.
Acarició brevemente el rostro de su hija.
—Duerme.
Llegó hasta la puerta.
—Mamá. —Theresa se volvió.
—Por respeto a papá solo tengo ganas de matarlos. —Los ojos de la madre brillaron.
—¡Isabel!
—A todos.
Theresa regresó sobre sus pasos.
—No mataremos a nadie.
Dos años antes, la Guardia Civil había encontrado a Javier Arznaga en el camino de Llanes. A los pocos días, Pablo desapareció en las montañas y la vida de los Arznaga empezó a desmoronarse. Theresa tomó las manos de su hija.
—Escúchame bien. Esto pasará. Todo pasa, lo bueno y lo malo. Y cuando termine, tu padre seguirá siendo tu padre. Nadie podrá cambiar eso.
Isabel intentó contener las lágrimas.
—Nunca nos vencerán —dijo Theresa.
Apretó sus manos.
—¿Me entiendes?
Isabel asintió. Theresa llegó de nuevo hasta la puerta y se detuvo. Durante varias noches se había despertado a la misma hora, sobresaltada, sin ninguna razón concreta. Una sensación absurda. Durante el día conseguía rechazarla. Pese a ello, regresaba en cuanto la casa quedaba en silencio. Pensó en advertir a Isabel. «No salgas». Pero la frase le pareció ridícula. «¿No salgas por qué? ¿Porque tenía un mal presentimiento?» Theresa negó con la cabeza.
—Duerme.
Después de cerrar la puerta, Isabel permanecía despierta. Al rato, se incorporó. Fue hasta la ventana. Otro relincho de Tristán. En el patio, la luna iluminaba los tejados de los establos y, al fondo, la silueta negra del granero. Durante un instante tuvo la sensación de ver una sombra en el cobertizo. Entornó los ojos. Nada. Solo el viento. Se acostó. Cinco minutos después el animal relinchaba de nuevo.
Cogió una manta y salió de la habitación con cuidado para no despertar a nadie. Fuera hacía frío. Atravesó el patio por entre los aperos de labranza diseminados en el suelo. El animal relinchó una vez más.
—Ya voy.
En la cuadra, los animales estaban inquietos. Los caballos resoplaban y movían la cabeza de un lado a otro. Abrió el cubículo de Tristán.
—Tranquilo.
El animal retrocedió.
—¿Qué te pasa esta noche?
Le acarició el cuello. Tristán tenía el pelo húmedo de sudor. Por un momento, Isabel pensó en montar sobre él y marcharse lo más lejos posible. Apoyó la frente contra el cuello del caballo.
—Nos iríamos tú y yo —murmuró.
Tristán levantó bruscamente la cabeza.
—¿Qué pasa?
Tristán mostraba cada vez más nerviosismo con relinchos cortos y alzando la cabeza. Por primera vez, Isabel escuchó con atención. La noche se había llenado de una niebla densa inusual y un olor… Pálida, se asomó a una de las ventanas. Al otro lado del patio, en el fondo, brillaba una llama en el interior del granero. «¡Fuego! ¡Dios mío, fuego!» Todo pasó tan rápido que tardó en comprender la situación.
Yacía en el suelo, aturdida por el golpe recibido en la nuca, entre la paja y el heno. El hombre no tardó en subir sobre ella. «Un hombre, ¿en la cuadra?» Sintió el peso de su cuerpo. El hombre reía. Acariciaba sus pechos. De un mordisco consiguió apartar el brazo del intruso y, cuando quiso gritar, se encontró con el acero de la navaja en la garganta. El hombre observaba tranquilo la reacción de la joven.
—Grita. —Fue lo único que dijo. Sentía el filo del acero lastimando su carne—. He pensado mucho en ti, Isabel. —Se desabotonó la bragueta con la mano libre. Los animales no se estaban quietos. Alguien se asomó a la cuadra.
—Date prisa, Gómez o te quedas. —El hombre no quitaba los ojos de encima a la muchacha. Era tan joven, tan hermosa—. ¡Gómez! —repitió el de la puerta.
—¿Qué pasa, hombre? Tardo menos de un minuto. —Arrancó el camisón a Isabel con violencia. La muchacha se acurrucó pálida, con los ojos cerrados, entre la paja y el estiércol, con el rostro desencajado y los brazos sobre el pecho. Gómez sonreía mientras agitaba la navaja a uno y otro lado—. Si te portas bien no te pasará nada. Tranquilízate.
La arrastró por el suelo con fuerza, tirando de los pelos hasta que la muchacha estuvo boca abajo, tendida sobre la paja, temblando. Cuando intentaba moverse o gritar sentía el filo de la navaja debajo de la oreja pinchando la carne, jugando a dolerle con suavidad, porque no se hundía completamente.
Entonces sonó el primer disparo en el patio. Ruido de pasos apresurados, gente corriendo y risas entrecortadas en medio de insultos. El aire se inundó de un olor a pólvora. Gómez, cargado de desesperación, sonreía.
—Mis amigos ya se van, pero tú y yo nos vamos a divertir. —Lamió el cuello de Isabel y, cuando trataba de abrirse paso entre las piernas de ella, el cañón de una escopeta colocado sobre la nuca paralizó su mundo.
La quema de la esperanza
Pasaron uno o dos segundos en los que dudaba sobre la realidad. Ahora no entendía en qué parte del mundo se encontraba, si era el captor o el capturado, la víctima o el victimario. Pronto se repuso de la turbación inicial. Trató de incorporarse. La respuesta de Theresa Arznaga fue rotunda.
—Si vuelves a moverte te pego un tiro. —El hombre sonrió ante la posibilidad de capturar una segunda presa. Estaba excitado. El aire olía a sudor entremezclado con el estiércol de los animales, tenía las pupilas dilatadas. Sin prisa, aclaró que su piel valía más que el oro.
—Soy un soldado del ejército del generalísimo. Si algo me pasa estáis jodidos —comentó con tranquilidad, de rodillas, con los brazos en alto.
—Theresa sostenía el arma con firmeza, a menos de un metro de distancia. Apuntaba a la cabeza con determinación. Habló con firmeza.
—Isabel, aparta. —El soldado sonrió otra vez.
—Solo queríamos pasarlo bien.
—¡Isabel! —casi gritó la madre—, ¡apártate! —La muchacha obedeció, pero no fue lo suficientemente rápida. El caso es que la noche del 12 de octubre de 1942, a las seis y doce minutos de la mañana, el soldado de la Guardia Civil José Gómez Artigas recibió un disparo en la cabeza, a menos de dos centímetros de distancia. Parte de los sesos con restos de tejido y sangre se incrustaron en el pecho y el rostro de Isabel. Posiblemente esta fue la razón por la que empezó a gritar como una loca, con tanta fuerza, con tanto brío, que incluso su madre se asustó.
Después de cubrirla con la manta seguía gritando como si una legión de demonios hubiera poseído su cuerpo. Los vecinos más cercanos acudieron a la pequeña masía, en las afueras del pueblo, para sofocar el incendio, pero fue en balde. Por mucho que se esforzaron, el fuego devoró las pilas de heno amontonadas en el granero, las semillas de la próxima cosecha y el grano almacenado. Los gritos de Isabel enseguida atrajeron la atención de varios hombres.
—¿Qué le ocurre? —preguntaban los vecinos extrañados. Algunos querían entrar a la cuadra. La madre, todavía con la escopeta, impedía el paso con mirada desafiante.
—Está jodida como todos, ¿acaso no lo veis? —Los hombres eran gente de campo, acostumbrados al trabajo fuerte y las palabras duras. No pasaron por alto las manchas de sangre en el vestido de Theresa, hasta que apareció la niña, cubierta por una manta, con los ojos vacíos de esperanza y el pelo deshecho.
Los vecinos se asustaron de su apariencia, Isabel era célebre por su belleza y aunque conservaba la frescura de siempre, la perfección de su rostro parecía cincelada por la locura.
Entró a la casa a regañadientes, custodiada por sus dos hermanos, Antonio y Pedro. Solo tenía ojos para el fuego, la llamarada enorme que engullía el techo y las paredes del granero.
Los hombres ahora se esforzaban en evitar que se extendiera al resto de las dependencias, los establos aledaños, el cobertizo y la casa. Con los primeros rayos del amanecer, el fuego ofreció los primeros síntomas de debilidad. La actividad frenética de los voluntarios, corriendo de un lado a otro, con baldes y mantas para apagar el fuego fue disminuyendo hasta que cesó.
El aire se había impregnado de un olor a ceniza y madera quemada. De vez en cuando, se desplomaban con estrépito restos de las paredes que se fundían con la ceniza dispersa por el suelo.
Theresa se encargó durante dos horas de atender a los vecinos mientras hurgaban entre las ruinas del granero. Los más discretos se retiraron casi enseguida, antes de que amaneciera. Aunque una buena parte de los vecinos prestaba su apoyo a la familia, unos con palabras afectuosas, otros con resignación, miraban hacia el cielo, en dirección a la columna de humo que se elevaba silenciosa en busca de la montaña.
Theresa sonreía a unos y otros, arengaba a sus hijos para que reanudaran las labores de la granja con un ojo puesto en la entrada de la cuadra. Calculaba que la comida en la despensa alcanzaría para dos días. «Solo dos días. ¿Y después qué?».
Nadie se atrevía a hablar del origen del fuego. A pesar de las llamas, la mayor parte de la estructura del granero se mantenía en pie. El techo se había hundido en medio de un gran estrépito una hora antes.
Los hombres removían los rescoldos con palas, arrojaban tierra y agua sobre los carbones encendidos. De entre los escombros sacaron el cadáver de un animal pequeño. Theresa enseguida supo que era Barbitas. Una perra Collie de pelo muy lanoso que Javier había regalado a su hija Isabel dos años atrás, justo una semana antes de su muerte.
Caminó en silencio hasta la perra tendida en la tierra. Un chico consiguió dar la vuelta al cadáver. Sobresaltado, miró a Theresa. Las palabras no fueron necesarias. También ella había visto la profunda herida en la pata izquierda de la perrita, justo en la zona del corazón. El cadáver, carbonizado, mostraba signos de violencia también en la pata trasera.
El muchacho que examinaba a la perra se puso en pie de un salto. No debía tener más de trece años. Trataba de no llorar, con el puño apretado y los ojos enrojecidos por el humo. Observaba a la gente como si sobre ellos pesara una condena. Nadie era capaz de sostener su mirada. Una de las mujeres quiso consolarlo y la esquivó. Se llamaba José Luis, aunque la mayoría de la gente solía llamarlo Gato Pecas porque amaba a los perros y tenía el rostro cubierto de pecas.
—No quiero que me toquen —dijo con firmeza.
—Había sido uno de los primeros en llegar. Trabajaba con ahínco acarreando agua. Hubo un momento en que tuvieron que sacarlo de entre las llamas porque avanzaba y avanzaba sin tener en cuenta las quemaduras ni el peligro.
El chico caminaba en silencio por entre los demás, sin camisa, con el cuerpo tiznado y pequeñas quemaduras en los brazos y la espalda, sudado y con arañazos en las piernas de correr por entre los aperos de labranza.
En silencio fue a sentarse sobre un balde, hasta que acudieron las primeras lágrimas. Nadie sabía por qué lloraba, pero respetaron su dolor. Durante unos instantes, Theresa recordó la alegría y el candor de la perrita al recibirla por las tardes, después de las tediosas jornadas en el campo entrenando a los caballos.
De las cosechas se encargaba su marido. «¿Qué culpa tenía el pobre animalito?». Deseaba entrar a la casa, aunque la gente seguía allí, congregada en el patio, sin saber muy bien qué hacer. Hacía frío y el viento soplaba con fuerza.
Despacio, dijo sus primeras palabras de agradecimiento, todavía confundida. Entonces, comprendió de pronto que se había engañado a sí misma durante los dos últimos años. Jamás la dejarían en paz. Ni a ella, ni a sus hijos. La muerte de Javier no era suficiente, ni la de los abuelos. Tragó saliva. Los vecinos esperaban a que continuara. Tal vez porque necesitaban escuchar sus palabras, o quizá porque no tenían nada que decir y no existía mejor homenaje a la desgracia que guardar silencio.
Hubiera preferido retirarse al interior de la casa, reflexionar sobre lo ocurrido, pero una parte de su corazón se sentía en deuda con los vecinos, gente en su mayoría humilde que arrastraba su misma maldición, simpatizar con el bando de los perdedores.
A muchos de ellos socorría en secreto con alimentos de su propia despensa, leche, tocino, queso, judías o patatas. «¿Qué sería de ellos ahora?». En su interior se libraba una lucha. Después de tanta muerte, sentía de nuevo el fragor de las campanas revoloteando sobre su cabeza. Apretaba la escopeta con fuerza.
De repente, alzó el puño absorta por la emoción del momento. Todos sabían que la desaparición del granero significaba solo una cosa, hambre. Estaban condenados a vivir el mismo destino. Atemorizados, se miraban unos a otros, muchos lloraban, otros mantenían una actitud de completa indiferencia, como si hubieran aceptado con resignación su suerte; por eso las palabras de Theresa y sobre todo, su voz cálida y firme cargada de energía y entusiasmo, iluminaron sus almas tristes y oscuras.
—No me rendiré. Pase lo que pase, no me rendiré.
Llevaba mucho tiempo sin hablar en público. Desde el asesinato de Javier su vida, antes ajetreada y convulsa, se había reducido a cuidar de sus hijos y a mantener el negocio a flote. Sus ojos brillaban con una intensidad inusual. Había comprendido, de golpe, que no se podía engañar al corazón.
Tomó aire antes de proseguir, convencida de que, en aquella situación, el único modo honesto de proceder consistía en recuperar la dignidad, aunque significara acelerar su sentencia de muerte. «¿Qué importancia tenía?». De una forma u otra, todos estaban condenados y la muerte, más tarde o más temprano, siempre llega.
La gente esperaba con atención. De entre los congregados, sobresalía, por su vestimenta, un hombre de pequeña estatura, con un abrigo de fieltro negro. Parecía tan interesado que se adelantó mucho, hasta quedar prácticamente a dos pasos de Theresa. Era el interventor.
Tan pronto se percató de su presencia, la actitud de Theresa cambió radicalmente. Estuvo tentada de seguir hablando. En cierta forma, porque una parte de su corazón, de su alma, necesitaba aliviar el dolor, aunque la otra clamaba venganza. Con los labios temblorosos y el gesto congelado, no miraba a ningún sitio en particular. La brisa jugaba con su pelo, este subía en olas suaves creando un halo alrededor de su rostro que convertía su figura en etérea.
No fue necesario decir una palabra. Los vecinos uno a uno se dieron la vuelta, regresaban a sus casas vencidos, apagados, con el miedo en el corazón. Durante unos instantes habían sido libres otra vez y sus almas volaban. Ahora, sin embargo, huían aprisa, con el rostro escondido. No deseaban ser reconocidos. Theresa inmóvil, ni siquiera se percató de las lágrimas.
Su rostro ardía, como si tuviera fiebre, con los labios apretados y el gesto esquivo. Al final, quedó sola frente al hombre. No miraba a ningún sitio en particular. Uno de sus hijos salió de la casa. Antes de que pudiera siquiera hablar ordenó que entrara. —En los ojos del muchacho se apreciaba la turbación mezclada con la sorpresa—.
—Pero, mamá…
—¡Que entres he dicho! —El muchacho obedeció rabioso. El interventor hablaba despacio, sin animadversión.
—Siento mucho lo que ha pasado. Haré lo que pueda para que castiguen al culpable. —A los lejos, las nubes sobre el cielo gris dibujaban figuras. «Qué extraño», pensó la mujer—. Theresa —insistió el interventor—. Esto puede ser mucho más fácil. Tengo… —Se detuvo unos instantes antes de proseguir, esta vez sin titubeos y sintió el sabor amargo de la saliva descender por la garganta—. Conozco a gente con el poder necesario para cambiar esta situación. Será mucho más fácil si nos casamos. Seré un buen padre para tus hijos y el negocio prosperará.
Theresa reflexionaba en silencio, mientras tanto, el hombre se fijó en la columna de humo que se extendía hacia el cielo, más allá de las montañas y pensó en las aves, en su libertad y en la sensación que produce el viento al azotar el rostro cuando se prepara una tempestad. Pensó en los minutos de calma, justo antes de estallar la tormenta. «¿Tenía algún significado aquello? ¿Por qué se había enamorado de una mujer, tan diferente a él? ¿Acaso el amor significaba vivir en sufrimiento?».
Las palabras de Isabel hicieron que regresara a la realidad. En parte, Theresa parecía sorprendida, después de tanto tiempo, como si durante meses no hubiera insistido en cortejarla. El peso de sus palabras caía sobre él con una constancia dulce y dolorosa. En vez de escucharla, pensaba en el sufrimiento que causa el amor y en si este era infinito. «¿Acaso el sufrimiento que causa el amor es infinito?».
El interventor se humedeció los labios.
—¿Qué dices, Theresa? ¿Qué dices? —Las palabras esta vez nacieron tristes, con una mezcla de miedo y esperanza; era la voz de un deseo postergado durante demasiado tiempo.
El interventor era un hombre de mediana edad, con el rostro apagado y los hombros caídos. Jamás había matado a una mosca. Debido a una herida recibida en la guerra, arrastraba ligeramente la pierna derecha. Suspiró antes de hablar. Estaba convencido de que era la única solución, la única salida a los problemas de la mujer.
—Theresa, no lo hagas más difícil. Necesitas alguien que te cuide. —Aunque deseaba continuar hizo silencio. La mujer hablaba sin prisa, medía el peso de cada palabra.
—Lo estoy pensando. —Francisco no pasó por alto su actitud altiva y distante. Suspiró.
—Así llevamos dos años.
—No es una decisión fácil. —Se apresuró a contestar—. El que la sigue la consigue. ¿No es eso lo que dicen en España? —Francisco, contrariado, miró primero al cielo, luego a las ruinas del granero y, por último, se fijó en los ojos de ella. Era tan hermosa.
—Me temo que no podré ayudarte durante mucho más tiempo —dijo antes de marcharse.
—No depende de mí. Además, está la cuestión de tu hijo en el monte. Convéncelo para que se marche o terminarán todos muertos. —El interventor esperó unos segundos—. No olvides la misa de las nueve. Los que no asistan serán severamente castigados.
El muchacho salió otra vez de la casa.
—Mamá… —Theresa esta vez estuvo a punto de perder los estribos.
—¡Entra de una vez, maldita sea! —dijo furiosa.
—El interventor miraba a Theresa en silencio.
—Por favor, no faltes a la misa. Lleva a los niños contigo. —Se retiró con lentitud, pensativo. Caminaba inmerso en sus reflexiones hasta que cambió de opinión. Regresó sobre sus pasos sin prisa, con el rostro marchito. La mujer no se había movido de su sitio.
—No seas tan dura con los niños. Han sufrido lo suyo.
—Todos hemos sufrido —dijo con la mirada perdida en el horizonte.
—Pero ellos más, Theresa. Ellos más. —Theresa se fijó en él contrariada. Durante unos instantes tuvo la sensación de que se habían apagado todos los ruidos sobre la tierra. Trató de ser gentil, un esfuerzo inútil, la amargura de la situación se reflejó en sus palabras.
—¿Por eso has vuelto? —Francisco agachó la cabeza como un perro apaleado, no sabía qué hacer con las manos.
No había sido una relación fácil de sobrellevar para la mujer. Todavía el cuerpo de Javier estaba caliente cuando el interventor inició el asedio. Según el día, los disparates del hombre causaban risa o aversión a la mujer.
Mil veces se había jurado en la intimidad de la noche que dejaría muy clara su posición y mil veces, al analizar la cuestión bajo la luz del día, cambiaba de opinión. Por lo general, se mostraba amable y solícita. En cambio, hoy, por mucho que hurgara en su interior, tan solo encontraba palabras frías y duras.
Francisco seguía inmóvil, detenido ante ella, admirando la majestuosidad de aquella mujer que a sus cuarenta y cinco años respiraba energía, conservaba el porte de cuando tenía dieciocho años. Aunque se hablaba mucho de su belleza, los hombres coincidían en resaltar la singularidad del rostro. «Una maravilla», aseguraban. La hija de Theresa era una copia fiel de su madre con la ventaja de la juventud.
Francisco dudaba. Se aclaró la garganta.
—Hay un asunto del que quería hablarte. —Francisco colocó el sombrero entre sus manos. Jugaba con él nervioso, miraba al suelo. Una arruga cruzó la frente de Theresa.
—¿Tan malo es? —El hombre frunció el entrecejo.
—Según como se mire.
—¿En serio crees que mi situación puede empeorar? —La mujer blasfemó en francés mirando al cielo y Francisco se apresuró a hablar.
—Se trata del capitán Galán. Anoche me citó al cuartel, después que trajeron al capitán Santacruz herido de muerte. —Theresa intervino sobresaltada.
—No tuve nada que ver con su muerte. —Francisco suspiró una vez más.
—Lo sé, todos lo saben. Pero tu hijo sí, Theresa. —La mujer se mordió los labios—. A ver si lo entiendes. No ha parado de asolar la región en dos años. Este es el segundo capitán que mata en menos de seis meses. Eso sin contar el tema de los asesinatos. Cada vez son más, Theresa. —La mujer quiso protestar, pero era en vano. Francisco continuaba hablando en tono condescendiente—. Esta mañana han encontrado a otra. Era una cría. Más pequeña que tu hija.
Hizo una pausa para apreciar el efecto de sus palabras. El rostro de Theresa no reflejaba ninguna emoción. Seria, con los labios apretados. Francisco interpretó el silencio como una señal de triunfo. En su interior se alegraba. Decidió agregar más leña al fuego. Era un hombre de impulsos constantes y moderados. No le importaba esperar, aunque dos años era demasiado tiempo hasta para una persona como él.
—Theresa, no te engañes. Mandarán a alguien con mano dura de Madrid y más soldados, un destacamento especial. No puede ganar.
Durante unos instantes, la mirada de la mujer se cruzó con la de Francisco, en actitud retadora, hasta que las aguas regresaron a su cauce y desvió la mirada.
—No sé nada de Pablo desde hace dos años. Para mí no existe. No creo en las armas. Ni en los hombres, ni en sus promesas. Si eso fue lo que viniste a decirme puedes irte. —Theresa hizo ademán de marcharse. Sin embargo, al escuchar las palabras del interventor quedó petrificada. El hombre habló esta vez con prisa.
—El capitán Galán está interesado en tu hija. —Theresa se giró con rabia.
—¿Cómo has dicho? —Los ojos, convertidos en fuego, despedían la rabia contenida de dos años. Dos años soportando humillaciones y ahora esto. Francisco temblaba. Trataba de justificarse.
—Entiéndelo, Theresa, no he tenido nada que ver. Además, el capitán Galán tendrá el mando del pueblo hasta que llegue el nuevo jefe. Eso es mucho poder. Y yo pensé. Lo mejor será resolver todo esto antes de que se compliquen las cosas. Porque luego… —La mujer no dejó que terminara. Alzó el dedo rabiosa.
—Mi hija se casará con el hombre que ella elija. —Francisco no dijo una palabra. Permanecía mudo, con los ojos atados al suelo y la boca amarrada, como si el peso de aquellas palabras resultara una carga abrumadora, difícil de soportar incluso para él, un hombre acostumbrado al dolor. Theresa entonces comprendió la verdad, detrás de sus palabras y saltó sobre Francisco hecha una furia.
—¡Mi hija no es una puta! ¡Largo, fuera de mi casa! —No se trataba de un casamiento, no. Esa no era la cuestión. Ni siquiera concedía el beneficio del casamiento, el capitán quería una puta, una ¡puta! Theresa, furiosa, se abalanzó sobre el hombre una vez más. Francisco trataba de calmarla, pero era en balde. Decidió huir apenado. En la esquina se cruzó con Félix. Apenas intercambiaron palabra.
—A ver si usted consigue curarle la locura. Eso o que los maten —dijo Francisco molesto, sin detenerse.
—El diácono apenas reparó en su presencia porque le interesaba más mitigar la pena de Theresa. La mujer, fuera de sí, continuaba gritando insultos al viento, con el rostro rojo de ira. El diácono tardó más de diez minutos en tranquilizarla. Theresa lloraba en sus brazos, sin fuerzas, sin esperanza. Al final, consiguió calmarla.
—Theresa, Theresa, no puedo quedarme mucho más tiempo. He venido a avisarte. Debes asistir a la misa por la muerte del capitán Santacruz. Theresa, ¿comprendes lo que te digo? —La mujer, un poco más tranquila, asentía con lentitud, prácticamente sin fuerzas, desmadejada—. Tengo que marcharme, pronto empezará a llegar la gente a la iglesia. En un momento de lucidez, el diácono la miró a los ojos.
—Theresa, si no vas tú o alguno de tus hijos significará la muerte, ¿comprendes? —La mujer seguía sin reaccionar. Su cabeza oscilaba a uno y otro lado, con lágrimas en los ojos. Durante años había resistido todos los ataques, contra viento y marea había protegido a sus hijos y ahora, de repente se daba cuenta de que tal vez sus esfuerzos, el sacrificio de toda una vida, tan solo era una gota de agua en el inmenso océano de la vida. Una gota de agua irrelevante, sin mayor trascendencia.
—Mira lo que han hecho, Félix, mira lo que han hecho —señalaba a las ruinas del granero. ¿De qué vamos a vivir?, ¿qué comeremos? —El diácono, con el rostro contrito, trataba de consolarla.
—Pasará, todo esto pasará. Piensa en tus hijos, en la memoria de los muertos.
—¿Qué vamos a comer? —El diácono miraba de vez en cuando hacia el camino de piedras que conducía a la masía. Las últimas casas del pueblo terminaban en una pendiente que descendía, al otro lado, en medio de la polvareda.
A la izquierda, se alzaba el muro de piedras con un portón de acero, abierto la mayor parte del tiempo. A través de él solían entrar las carretas cargadas de heno y paja, los animales después de pastorear en el campo y también los habitantes de la masía. Todavía era temprano. Félix abrazó a Theresa con ternura.
—Dios proveerá. De una u otra manera saldrás adelante. —La mujer se separó extrañada.
—¿De qué Dios hablas, Félix? ¿De qué Dios hablas? —El hombre se alarmó.
—Baja la voz, ¡por Dios santo! ¿Acaso te has vuelto loca? Eres una mujer fuerte. Entra en casa y prepara a tus hijos. Os quiero ver en la iglesia en una hora. ¿Entiendes? ¡Theresa! —A punto estuvo de sacudirla. Por suerte, no fue necesario. La mujer poco a poco se recuperaba—. ¿Te encuentras mejor? ¿Estás más tranquila?
—Sí, estoy mejor. —Sus ojos recuperaban el brillo con lentitud.
—Hay otra cosa, ¿te suena el capitán Galán? —Theresa levantó la cabeza nerviosa.
—Es la segunda vez que me hablan de ese hombre esta mañana. —El diácono frunció el ceño pensativo.
—Ándate con ojo. Es un hombre peligroso. No le des motivos para destruirte. —Theresa se quedó con la palabra en la boca—. Tengo que irme. Saluda a los niños de mi parte. Tan pronto pueda vendré a visitarte. Recuerda que no estás sola —dijo antes de marcharse.
—El hombrecillo descendió la pequeña elevación sobre la que estaba construida la casa, hasta llegar al portón y desapareció detrás de él.
Pasaron uno o dos minutos en los que Theresa pensaba en una frase que Javier repetía con insistencia desde el inicio de la guerra. A pesar de sus esfuerzos por olvidarla, la frase regresaba una y otra vez bajo la piel de diferentes situaciones: «Nadie te ayudará, en los momentos difíciles, salvo los que te quieren. Unos por conveniencia y otros por miedo a caer. La gente, por encima de todo, tiene miedo a ser arrastrada en la caída».
El ruido de los animales en la cuadra, los mugidos de las vacas consiguieron sacarla de su ensimismamiento. Al darse la vuelta, se encontró con Antonio, su hijo menor. El muchacho parecía asustado.
—¿Qué te ocurre?
—Mamá, tienes que venir. —«Hay que ver lo que había crecido el niño». Dos años atrás era tímido y enfermizo. En cambio, ahora, a medida que se adentraba en la pubertad, su voz adquiría un tono más juicioso y mostraba cada vez con más frecuencia una responsabilidad impropia de su edad. A veces le recordaba a su marido. —La madre se acomodó un mechón de pelo con premura antes de acercarse a Antonio.
—¿Ahora qué ha pasado? —contestó al hijo por inercia.
—Hubiera podido decir cualquier otra cosa. En realidad, pensaba con tristeza en su marido, en la incertidumbre del futuro. «¿Acaso tenía sentido luchar?». —Antonio hablaba de prisa, agitado.
—Es Isabel. —El nombre de su hija la trajo de vuelta. Theresa conocía muy bien a su hija. Su aparente fragilidad escondía un carácter fuerte capaz de soportar grandes tribulaciones. En cambio, Antonio, con todo su juicio y valentía, jamás llegaría a alcanzar su fortaleza. «Todavía queda mucho por hacer». Pensó en el cuerpo del soldado en la cuadra. «¿Dónde podrían esconderlo?». Antonio interrumpía constantemente sus pensamientos hasta que contestó.
—Antonio, tu hermana está asustada, se le pasará. —El hijo negó lentamente, con un gesto tan oscuro en el rostro que Theresa intrigada, se inclinó para agarrarlo del brazo—. ¿Por qué no hablas? ¡Antonio! —El muchacho apenas encontraba palabras.
—Será mejor que vengas. Creo… —Hizo una pausa antes de proseguir, con los ojos muy abiertos y asustado—. Creo que es grave.