Un poquito de café cubano

A veces extraño visitar la casa de mi vecina y que me brinde un poquito de café cubano, llegar a mi cuadra, (porque en Cuba decimos cuadra no calle), cansado del trabajo y escuchar las risas de los niños, las miradas de los vecinos, hablar del calor que nos invade y de lo mal que lo hacen los políticos mientras la tarde se deshace lenta y poderosa, entre viejos recuerdos y ganas de amar, con el sonido de las olas rompiéndome la calma.

Una vecina nos avisa de que por fin ha llegado carne de res al mercado. De inmediato un pelotón de mujeres, niños y jubilados se apresuran a reservar un puesto en la cola, la famosa cola bajo un sol de infarto; aunque son las cinco de la tarde el mercado parece un hervidero. La gente no para de llegar y pedir el último.

-¿Quién es el último? –Una vecina comenta demasiado alto–.

-¿Dicen que la carne es liberada?

-Pero tú estás loca Martica, ¡qué bobería!

Un señor mayor con muchos años, en un acopio de fuerzas, tras levantarse del suelo se sacude el polvo del pantalón y luego observa el trasiego constante de gente que entra y sale del mercado. El carnicero aparece un momento, se frota las manos y vuelve a entrar. Mientras tanto el tiempo transcurre en silencio.

En la esquina los niños juegan a la pelota. Se escuchan sus gritos llenos de entusiasmo. Dos policías entran al mercado.

-¿Cuándo empiezan a vender la carne? –Preguntan los más curiosos. Nadie sabe. Los policías vuelven a salir. Esta vez con un paquete que parece sudar sangre.

Uno de los niños batea un jonrón. La escandalera es infernal. El niño pisa la primera base. Sus amiguitos gritan que siga. El camión ha terminado de descargar la carne y pone en marcha el motor. Sube la pequeña cuesta utilizada para aprovisionar el mercado y gira a la derecha. Marcha muy despacio, a trompicones.

-¿Cuándo fue la última vez que asfaltaron esa calle? –Pregunta un muchacho que espera junto al resto de la gente. Un hombre de edad avanzada contesta.

-¿Eso es importante? –Los dos se quedan mirando. Por fin el chico decide responder.

–Solo preguntaba, Mayor.

–Preguntas demasiado, muchacho, preguntas demasiado. –El joven se aleja en silencio. La pelota vuelve a brillar sobre el cielo. Los niños están demasiado eufóricos con la carrera triunfal de su estrella como para percatarse de que la pelota aterriza sobre la cabeza del Mayor. El hombre se derrumba. Es incapaz de sostenerse.

–Mira mamá, –exclama un niño muy pequeño–, se hizo pis y caca.

Las mujeres empiezan a gritar. Se oye a alguien decir la palabra traición. El chofer del camión, a punto de incorporarse a la calle principal se detiene, pone el motor en punto muerto y se asoma a la ventana.

–Mamita, ¿cuándo tú vas a hacerme un tiempo? –La joven no le presta atención. Se abanica en el portal de su casa. Mira hacia otro lado.

–Oye, lo que tengo pa ti es salsa china. Mira pa acá. –Saca un fajo de billetes.

Dos niños se encuentran apartados del resto del grupo. Hablan entre ellos.

–Si quieres demostrar tu valor tienes que hacerlo.

–¿Hacer qué?

–Ya te lo dije, tienes que demostrar tu valor. Es fácil, así todos te querrán.

–Estás seguro.

–¡Claro! ¿No te dicen avispa?

–Sí.

–Entonces demuéstralo. Este es el mejor momento, los demás están esperando que traigan la pelota. –El otro se frota las manos–.

Muy cerca de ellos el camión ronronea. Podrían incluso tocarlo si extendieran la mano. Ambos prefieren mantenerse al otro lado de la calle. El resto de sus compañeros, por el contrario, se debate en la acera de enfrente. Dudan entre huir o rescatar la pelota.

El desorden se generaliza entre los que esperan. Algunos gritan, ¡una ambulancia!, ¡una ambulancia! Un niño pequeño imita el sonido de una sirena. La madre le ordena que se calle. Por fin, uno de los jugadores ha venido a recoger la pelota que sigue en el suelo, pero no se atreve a acercarse. Todos están tensos y malhumorados. La sangre comienza a manar de la cabeza del Mayor.

Alguien de entre el público se adelanta y recoge la pelota.

–¿Esto es lo que quieres? –El niño no dice nada.  –Si esto es lo que quieres ven a buscarla. El conductor del camión insiste.

–Mamita, tú no piensas darme una oportunidad. Niña, mira pa acá. Oye, mírame un segundo muchacha.

–Pero, ¿tú crees que puedo hacerlo?, ¿no es muy arriesgado?–pregunta el niño avispa al otro–.

–¡Claro que puedes! Mi papá siempre dice que los cubanos podemos con todo. –El ruido del camión al acelerar los interrumpe.

–Si quieres cruzar hazlo ahora. Tienes que ser rápido. –El otro se decide.

–¡Fíjate! –Grita para que los demás lo oigan.

El niño que debe recoger la pelota no se acerca. Los demás están a punto de echar a correr menos la estrella del juego que viene a socorrer a su amigo.

–Fue sin querer. –Es lo primero que suelta. Está sudoroso y jadea. Se acerca con el bate en la mano. El hombre no se amilana.

–Si fue sin querer por qué no vienes a buscar la pelota. –Una mujer se desmaya al ver tanta sangre.

–¡Pero qué coño es lo que ustedes han hecho! –Grita el hombre e intenta atrapar a los niños, pero estos son más rápidos que él. Se alejan de prisa. En un ataque de rabia el hombre toma puntería y les lanza la pelota con la intención de golpearlos. El niño estrella y su amigo son rápidos. Se burlan de él con una mueca. La pelota vuelve a surcar el cielo, impacta de manera rotunda en la frente del niño avispa e interrumpe su salto, los que lo ven se tapan los ojos. Justo en ese momento el chofer del camión acelera.

–Hija de la gran puta. –Piensa mientras cambia de marcha.

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