La suerte del viticultor de Elizabeth Knox, despide el exquisito aroma de los buenos vinos. La obra es una excelente construcción de época que nos refleja la Francia provinciana del siglo XIX, en un ambiente rural cuyo telón de fondo es la producción de vino.

La novela destaca por sus aciertos estilísticos que nos arrastran a través de sus páginas a una vida que transcurre atenazada por el odio y el amor, por las insatisfacciones humanas más profundas y voraces, las que nacen desde el corazón de nuestros miedos y se instauran en la razón para señorear sobre nosotros.

Sobran Jodeau, antes de convertirse en un viticultor de éxito, un día mientras pasea por la campiña descubre a  Xaas, un ángel caído.

Las repercusiones de dicho encuentro son enormes y circundan la totalidad de la obra. Enfrenta de este modo, Elizabeth Knox el antiguo mito del ángel caído y lo reduce a cenizas para otorgarle una dimensión diferente y muy particular, la posibilidad de pecar con la anuencia de Dios, (porque Xaas es un ángel caído), la posibilidad de un poliamor que recorre a los personajes más importantes y que, me atrevo a decir, vertebra el contenido en torno al amor, entendido este en su forma más radical y salvaje.

El texto echa por tierra prejuicios ancestrales, pone en tela de juicio la propia perfección de Dios o reinterpreta su concepto a tenor de los acontecimientos, donde Dios, otorga a Xaas permiso para transitar entre ambos mundos (el de los vivos y los muertos) como castigo por su debilidad, el diablo a su vez, se convierte en copartícipe de dicho acuerdo y emerge de su reino para darle vía a la pasión terrenal del ángel, despojándolo de sus atributos más hermosos y genuinos, la alas.

Es así como Xaas pierde la parte etérea que lo convertía en un semidiós, y lo sumerge en la vida mundana. La metáfora, invoca reminiscencias propias del origen del hombre y que son expuestas en la biblia, narra la caída del ser humano en pro de sus pasiones, el precio de la culpa por un amor rebelde y procaz entre dos personas del mismo sexo, un hombre y su ángel o quizá su demonio, que alude como casi todo lo exultante, a lo que de divino tienen las pasiones humanas.

Ray Bolívar Sosa

 

 

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