La libertad de los negros en España entre el racismo y la desesperación 

–Vamos a Lavapiés, mi antiguo barrio. –Le dije ayer a una amiga española. Sobre las siete de la tarde. No hacía demasiado frío y era hermoso pasear por las calles estrechas y solitarias donde tan bien me siento porque Lavapies es un arcoiris de colores, un crisol de culturas que está vivo y donde parece que la gente es un poco más amable, un poco más natural, quizá porque yo soy negro y encuentro a mi paso sonrisas que son difíciles de recibir en otros barrios, o tal vez porque puedo caminar sin que algunas mujeres blancas, imagino que de recio abolengo, se asusten ante mi presencia y realicen un gesto involuntario, (se llevan la mano al hombro y aseguran su cartera), “huy, cuidado, es un negro, hay que tener cuidado con los negros”, “son verdaderas armas de destrucción masiva”, “debemos cuidarnos de ellos”. –No lo dicen, imagino que lo piensan.

Un paseo infortunado

Seguimos nuestro paseo por la Calle de Embajadores hasta llegar a la altura de la Calle de Dos Hermanas. Varios coches patrulla y dos furgones policiales se encontraban aparcados. Decidimos torcer a la izquierda y luego a la derecha.

–¿Qué habrá pasado? –Pregunté a mi acompañante. Muy pronto la respuesta vino a encontrarnos. A pocos metros de nosotros, en la calle Mesón de Paredes número 31, una multitud enardecida coreaba consignas en contra de los policías. A medida que nos acercamos fuimos testigos de un hecho inusual. La multitud se arremolinaba ante un cordón de seguridad implementado por los agentes del orden.

Poco a poco los ánimos se fueron caldeando.

–¿Qué pasó? –Pregunté a un par de personas. Se encogieron de hombros. Una mujer con un bebé en un coche pidió permiso para pasar. Los hombres abrieron paso.

–¡Ni os necesitamos, ni os queremos! –Gritaba la gente. Los policías iban con cascos. Supuse que había ocurrido algo grave.  La tensión se palpaba en el ambiente. Un par de jóvenes negros se unieron a la manifestación. Otro se fue aprisa, tal vez a buscar más compañeros.

–¿Qué pasó? –Pregunté a una joven que escribía en su móvil.

–¡Los policías que han hecho una redada a los manteros!, ¡los persiguieron desde Sol hasta aquí, a uno le dio un infarto y se murió! –La noticia me dejó paralizado. La joven siguió escribiendo mensajes mientras el mundo se deshacía ante mí. Sentí rabia, dolor y miedo. Un joven con el rostro cubierto lanzó un pomo de plástico a los agentes lleno de un líquido oscuro, empezó el forcejeó y mi amiga me sacó de allí de un empujón.

La policía niega las acusaciones 

Luego me enteré que la policía negaba haber perseguido a Mmame Mbage. También, mientras escribo esta crónica, me he enterado de los disturbios que ha habido en la zona y del saqueo de al menos 10 televisores en una sucursal bancaria.

Desconozco si Mmame Mbage fue perseguido o no por la policía y no me cabe duda de la baja catadura moral de los que se aprovechan de este tipo de hechos para sembrar el odio, la discordia y destruir.

Los oportunistas 

En días pasados, ante la detención de Ana Julia Quesada circularon por las redes sociales mensajes tendenciosos con contenido racista y xenófobo. Por último, hace pocas semanas el actor de origen senegalés Marius Makon fue agredido en un bar de Móstoles según señalan El País y El Mundo por una mujer que lo llamó: “negro de mierda”.  

El ABC por su parte reseña que la Policía Nacional no considera que la agresión pueda ser tipificada como delito de odio sino como un altercado. Sabemos que la justicia no es igual para todos. Gracias por recordárnoslo y felicidades Iñaki Urdangarin.

Ser negro en un mundo de blancos

Ser negro en un mundo de blancos no es fácil. Toda la estructura de la sociedad occidental está cimentada sobre los valores impuestos por los blancos, los estereotipos de éxito que aprendemos desde niños se remiten siempre a figuras blancas con narices aguileñas y pelo lacio. El gran mito del hombre blanco nos rodea y nos oprime por doquier. Si ser negro es difícil en cualquier país del mundo, ser negro y además emigrante es doloroso.

El síndrome de Ulises 

Al emigrar perdemos nuestro contexto. El cambio suele ser un choque profundo, las secuelas de la migración están tipificadas y descritas en el Síndrome de Ulises. Al parecer, España se ha olvidado muy pronto de su tradición migrante. Con las glorias se olvidan las memorias, decía mi abuela.

Las tensiones raciales e interétnicas siempre han estado presentes a lo largo de la historia. España se supone que es un país que incluye a sus migrantes porque incluso, a día de hoy, España sigue emitiendo migración a diversas partes del mundo.

¿Qué camino tomar? 

La segregación racial, el racismo, la discriminación y la xenofobia conducen a sistemas como el Apartheid o al nacimiento de estados totalitarios como la Alemania Hitleriana. El papel de la migración en la economía de los países receptores de migrantes es innegable y no merece la pena detenerse en él.

¿España necesita a la migración? 

España necesita a la migración y los migrantes necesitan a España. Si de verdad este país desea realizar una integración plena necesita políticas de choque que promuevan más integración y que defiendan los derechos de los que tienen menos. No me refiero solo a los negros, me refiero a todas las personas sin distinción de origen, raza, sexo u orientación sexual que necesiten ayuda. Si de verdad queremos construir una sociedad más plena y más justa en la que se respete la dignidad de las mujeres y los hombres debemos empezar por respetar el derecho a ser diferente.

Una llamada de atención 

El incidente de la noche del jueves es solo la punta del Iceberg. Es una señal de alerta que lejos de sembrar el caos y el alarmismo amarillista debe hacernos reflexionar con responsabilidad sobre el futuro que deseamos para nuestros hijos y sobre el país que deseamos tener. Girar el rostro o esconder la cabeza no resolverá el problema. Quiero sentirme orgulloso del país en el que vivo, quiero crear y construir un futuro que tenga sentido y para eso, necesito a España tanto como ella a mí.

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