La ira de los elegidos fragmento

El ​origen

​La ciudad de Ginburk está situada al este de Pigeon Forge, entre Laurel y Gatlinburg, en el condado de Sevier, Tennese. En 1978 constaba de treinta mil habitantes y la principal actividad económica era la agricultura.

Por aquel entonces el PIB per cápita ascendía a doce mil dólares. Si tenemos en cuenta que el PIB per cápita nacional era de ocho mil trescientos dólares, no es difícil llegar a la conclusión de que la ciudad atravesaba un período de esplendor, que se mantuvo durante varios años.

Hasta finales de los años ochenta, los pobladores de Ginburk se dedicaban principalmente al cultivo de trigo y la explotación ganadera, pero la sobreexplotación del suelo y el abuso de fertilizantes industriales, provocaron el deterioro de las tierras más fértiles de la región, con el subsiguiente perjuicio.

Hacia el año mil novecientos noventa la mayoría de las tierras eran improductivas, y los agricultores, incapaces de devolver sus créditos, quebraron. Al menos un ocho por ciento de ellos decidieron probar suerte en sectores productivos más rentables. Incluso, hubo quienes emigraron a otras regiones.

Pero la mayoría sufrió un duro varapalo. No querían abandonar sus tierras.
Estos agricultores fueron los que sufrieron con mayor dureza la crisis que sobrevino durante los siguientes años.

No fue hasta finales de la década de los noventa, con la llegada al poder del alcalde M. C. Foster, cuando la economía de la ciudad volvió a dinamizarse.

Foster era un hombre inteligente y con estudios que propuso realizar prospecciones a gran escala en toda la región, con la esperanza de encontrar recursos que permitieran un desarrollo sostenible y, al mismo tiempo, les sacara de la pobreza.

Era una decisión desesperada que ni siquiera fue necesario consultar con los votantes. De hecho, nadie esperaba que bajo el suelo hubiera algo con valor. Pero se equivocaban.

A mediados de año, un grupo empresarial chino interesado en realizar prospecciones en la zona contactó con la oficina de Foster. Una semana después tuvieron una reunión a puerta cerrada y, al cabo de quince días, firmaban un acuerdo de concesión por un período de cien años.

Siete meses, dos semanas y un día más tarde, Foster recibió un fax de Unix Industrias en el que se confirmaba la existencia de Grafeno, un mineral utilizado para crear componentes electrónicos.

 La carta era escueta. Indicaba que las reservas eran abundantes. Pedía, además, la tramitación acelerada de los permisos pertinentes para el inicio de la explotación a gran escala, y valoraba en unos tres mil los puestos de trabajo que se crearían durante su mandato. Aquella noche Foster no durmió.

-Entiendo que se hartaron, ¿verdad Frank? –d­ijo Bloomsky mientras sostenía un bocadillo de jamón y queso que estaba a punto de engullir. Era muy temprano aún. Apenas las seis de la mañana. En una hora finalizaría su turno y podrían irse a dormir. Como cada noche, estaban desayunando en un pequeño bar de carretera llamado El Paso.

Los últimos años había sido así. Durante dos noches seguidas los policías tomaban café en El Paso, justo antes de proseguir su camino a la comisaría. Después descansaban cuarenta y ocho horas. Al tercer día estaban otra vez de vuelta. Frank solía decir que sus vidas estaban en la carretera, porque la mayor parte del tiempo transcurría en ella; y llevaba razón. 

-Claro que se hartaron –dijo Frank, después de beberse el café de un tirón–. Nadie puede aguantar así mucho tiempo. Imagina que estás sin comida, perdido en medio de la nada. Tu jefe dice que tienes que seguir caminando a treinta grados bajo cero. ¡Por favor, es cosa de locos!

-La verdad es que no suena bien –dijo Bloosmky mientras negaba con la cabeza.

-Suena fatal –añadió Frank–. Y claro, así fue como terminó la cosa, fatal.

-Al menos se salvaron algunos –dijo Bloomsky. La puerta del establecimiento se abrió. Los dos policías se volvieron a mirar quién era. Echaron un vistazo y siguieron con su conversación. El recién llegado tomó asiento en un extremo de la barra. Pidió una taza de café. 

El camarero se apresuró a servirle. Los dos policías siguieron como si nada. Finalmente se hizo el silencio.

Frank parecía ocioso. Estaba cansado y tenía ganas de irse a casa. No había sido una noche especialmente agitada, aunque, de un tiempo a esta parte, la ciudad se había visto envuelta en una ola de crímenes que superaba, en magnitud y alcance, a la de cualquier otro período de la historia de Ginburk; hecho que, además, tenía muy irritados a los policías; y en especial a los habitantes de la ciudad, quienes se habían vuelto suspicaces, desconfiaban de los desconocidos y, al menor indicio de sospecha, acudían a la policía.

No era extraño recibir, en un día, treinta o cuarenta llamadas con denuncias sobre comportamientos sospechosos. Por otro lado, la prensa escrita también contribuía a mantener el estado de alarma con historias sobre asesinos en serie y casos sin resolver. La lección que extraían de todo esto era sencilla: la policía de Ginburk era lerda.

Otros editoriales seguían una línea distinta. Ponían el foco en criminales conocidos y, a veces, incluso, se atrevían a alabar de forma velada su destreza. Daba la impresión, si uno se dejaba guiar por los periódicos, de que la ciudad era una tierra sin ley donde se había instaurado el mal.

A los policías, esto no les hacía ni puñetera gracia. Frank, como el resto de sus compañeros, estaba cansado y molesto. Llevaban semanas trabajando horas extras y la situación seguía igual, o parecida.

Corrían rumores de que el clan de los Vostov, una de las bandas criminales mejor organizadas del Este, se había asentado en Ginburk, provocando un efecto llamada que los delincuentes no habían dudado en aprovechar.

Por supuesto que estos no eran más que rumores, pero debido a ellos habían tenido lugar varios incidentes. El más importante ocurrió cuando un anciano casi mata de un disparo a un joven bielorruso, pasado de tragos, por merodear en su jardín.

Estos hechos resultaban frustrantes para todos. Frank, en particular, solía llevarlo mal, pero se había prometido manejar su ira de manera razonable. Eso significaba mantenerse alerta, y no dar por hecho que un desconocido con acento extranjero era un asesino, aunque este desconocido entrara a un bar de carretera a las seis de la mañana, con un aspecto, cuando menos, curioso.

Tanto él como Bloomsky se habían fijado en sus ropas. Ninguno dijo nada. Bloomsky había terminado el bocadillo. Estaban listos para hacer la última ronda, pero seguían allí, sin moverse. Hasta que Frank se levantó. Joe vino a cobrarles. Se despidieron con un apretón de manos. Estaban a punto de salir cuando el desconocido se dirigió a ellos.

-¿Ya se van, señores? –El extraño comportamiento de aquel hombre no tomó a Bloomsky por sorpresa. Instintivamente puso la mano sobre la funda de la pistola. Frank había abierto la puerta para salir, pero se detuvo. Acto seguido dejó la puerta y se encaminó hacia el recién llegado. Bloomsky iba detrás de él.

-¿Perdona? –El desconocido había empezado a fumar. No miraba a ningún punto en concreto. Estaba de espaldas a ellos. Parecía calmado, aunque la mano que sostenía el cigarro temblaba.

-¿Acaso no me escucharon? –dijo sin darse la vuelta. Tenía acento extranjero. Frank no perdió un segundo. Se abalanzó sobre él y lo redujo en menos de un minuto. Bloomsky lo ayudó a esposarlo. El desconocido no ofreció resistencia. Parecía disfrutar de la función.

-¿Cómo te llamas? –dijo Frank.

-Peter.

-¿Apellido? Dime tu apellido.

-Stuar.

-¡Bien, Stuar!, ¿cuál es tu problema? –Peter lo miró con gesto amenazante. Los walkies de los policías empezaron a trasmitir un mensaje.

-Patrulla Z247, ¿me recibe?, patrulla Z247. –Bloomsky contestó:

-Aquí patrulla Z247, lo recibo.

-Diríjase a la interestatal doce, a la altura del kilómetro ciento cuarenta. Repito, diríjase… –Bloomsky lo dejó trasmitir el mensaje. Cuando hubo terminado contestó:

-Llegaremos en menos de cinco minutos, repito, en menos de cinco minutos. ¿De qué se trata?

-Inspeccione el lugar y preserve la escena. Los peritos ya están en camino. Cambio y corto.

-Recibido, central.

Tardaron menos de cinco minutos en ver el hito que marcaba el kilómetro ciento cuarenta. Dejaron al sospechoso en el auto y fueron a inspeccionar.

El Sol comenzaba a deshacer las sombras de la noche. Soplaba una brisa agradable. El hito ciento cuarenta quedaba en un extremo de la colina. Fungía como una especie de mirador. La gente iba allí a divertirse. Los más jóvenes encendían hogueras y pasaban horas discutiendo de política y de sexo. Otros se detenían sólo para admirar el paisaje.

La vista de la ciudad hizo que los recuerdos de Frank volvieran a aflorar. Le gustaba aquel sitio. Había vivido allí desde pequeño y estaba orgulloso de ello.

Bloomsky, en cambio, se había alejado en dirección opuesta, hacia el interior de la colina. El lugar estaba lleno de cientos de pisadas, como si la noche anterior hubiera desfilado un regimiento de infantería.

Encontró un rastro de sangre a pocos metros de la carretera. Aunque estaba amaneciendo, tuvo que auxiliarse de la linterna. El rastro se perdía entre las rocas. Quedó pensativo unos instantes. Podía tratarse de cualquier cosa: un corte accidental en la mano, un animal herido… Dio un pequeño rodeo y descendió por el camino que se internaba en el bosque. Anduvo veinte o treinta pasos. El bosque se encontraba en silencio.

No existía siguiera el más leve indicio de que hubiera un peligro al acecho. Aun así, Bloomsky empezó a sentirse incómodo. La vegetación se hizo tupida. El silencio fue roto por el murmullo de un insecto que pasó a su lado en dirección contraria. El ruido de una rama al quebrarse llamó su atención. Giró la cabeza demasiado aprisa. No había nadie.

Volvió a escuchar el sonido de un insecto. Esta vez eran más. Sonaba como un enjambre. Decidió sacar su arma. Avanzó con lentitud escudriñando cada rincón. En menos de un minuto estuvo delante del enjambre. Ahora solo tenía que apartar las ramas de los árboles, y eso fue lo que hizo. Con lentitud apartó la rama principal, hasta encontrarse frente a un lobo que devoraba los restos de un cadáver desnudo.

El animal siguió moviendo la mandíbula sin apartar ni un segundo los ojos de Bloomsky. Eso era todo lo que hacía, masticar y gruñir mientras cientos de moscas luchaban por tomar parte en el banquete.

El ruido del disparo alteró la tranquilidad de aquella mañana. Frank echó a correr en busca de su compañero, pero antes de internarse en el bosque lo vio salir al descampado.

- ¿Estás bien? –preguntó Frank sin resuello.

-¡No vas a creerte lo que hay ahí dentro! –dijo Bloomsky. –¡Es una carnicería! ¡A qué puto animal se le ocurre hacer algo así!

- ¡Bloomsky, tienes que calmarte! –El policía quería seguir andando hasta el coche patrulla. Frank lo obligó a detenerse. Los dos estaban nerviosos, pero Bloomsky parecía fuera de sí. Frank consiguió que lo mirase a los ojos.

-  ¡Escúchame por una vez en la vida, por Dios! ¡Esto va a pasar, ¿me entiendes?, te juro que va a pasar! –Bloomsky lo miraba en silencio. Tenía el rostro congestionado. Como si la ira y el fracaso de los últimos años se hubieran acumulado en su cara y no encontraran la forma de salir.

- ¡Respira hondo! –El policía obedeció–. ¡Otra vez! ¡Hazlo otra vez! ¡No pares, no quiero que pares! –Bloomsky seguía sus instrucciones–. ¡Sigue respirando! ¡Ahora escucha, sea lo que sea lo que hayas visto, ya pasó!, ¿comprendes? ¡Lo vamos a agarrar! ¡Vamos a coger al hijo de puta que lo hizo! –Las facciones de Bloomsky comenzaron a relajarse. Aun así, Bloomsky miraba a su compañero con intensidad, como si quisiera decirle algo y no se atreviera, o le faltaran las fuerzas.

-¿Cómo te sientes? –Bloomsky bajó la cabeza. Frank insistió–:  ¿Cómo estás?

-Mejor.

-¿Seguro?

-Sí, seguro –la voz de Bloomsky sonaba entrecortada.

-¿Dónde está el cadáver?

-Sigue el camino que entra al bosque –hizo una pausa para tomar aire–, a unos treinta metros.

-De acuerdo, espérame en el coche. Los demás están a punto de llegar.

Frank siguió el camino que conducía al bosque. De repente se detuvo, como si otra realidad, la verdadera, lo hubiera golpeado en pleno rostro. Su corazón empezó a latir deprisa. El silencio fue roto por un disparo. Quedó helado. Acto seguido echó a correr. Desanduvo el camino tan rápido como pudo. Llegó al descampado a tiempo para ver a Bloosmky dar el tiro de gracia al sospechoso.

Lo había sacado del coche. Ahora yacía en el suelo inerte. Bloosmky se volvió. Pudo ver sus ojos llenos de rabia y odio. Dos coches patrulla y una ambulancia llegaron. Bloosmky sonrió a Frank antes de volarse la tapa de los sesos.

Había amanecido. Frank se quedó de pie ante los cadáveres. Sin saber qué hacer. Algunos compañeros fueron a auxiliar a los heridos, pero ya era demasiado tarde. Bloomsky siempre hacía las cosas bien.

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