España, te amo, pero estoy tan harto de ti

Te lo juro, el día menos pensado hago las maletas y me marcho a Indochina, Paquistán o Macedonia. Tal vez necesite un planeta fuera de este mundo caótico, catártico. Lo confieso, a veces me invade el desaliento. Sobre todo porque mi amor no es correspondido, no me siento a gusto en tus brazos. Cuando besas apagas la mirada y eso me hace transitar por el camino de la duda. ¿Eres sincera conmigo?

Te lo juro, las opiniones de la gente me abrasan el intelecto. He renunciado a la televisión y a la prensa. Lo he intentado mil veces, pero es imposible lidiar con el dolor que me producen los debates televisivos. Una vez alguien me dijo que Boris Izaguirre era muy inteligente. De inmediato se me ocurrió que los perros también lo eran, los delfines y las ballenas. Los chimpancés son capaces de apilar cajas y realizar tareas sencillas. Esta última idea se la escuché a Neil deGrasse Tyson y me hizo reflexionar.  

Se me ocurrió entonces que inteligencia no era sinónimo de intelectual. Luego apareció la palabra brillante. Existen mentes verdaderamente brillantes a las que admiro y reverencio porque comparten su luz con los demás, no tienen pretensiones ególatras, pero claro, también carecen de histrionismo, lo cual es una grave limitación en este mundo nuestro.

No me malinterpretes, por favor. Te amo y por eso te digo lo que pienso mientras te miro a los ojos. El amor no impone sacrificios, no juzga ni sentencia. El amor: “todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. La frase es de Corintios 13:4-7, pero no pretendo que me des tanto, tan solo necesito una palabra de aliento, un guiño de esperanza.

De verdad, lo digo con toda franqueza. No soy de este pueblo, pero me enciendo como una llama, al igual que tú, cuando los hijos de tu tierra sufren y lloran ante la injusticia. Disfruto contigo cuando los atletas nacionalizados españoles, hijos de la tierra que me vio nacer ganan medallas en tu nombre como Indira Terrero o Luis Felipe Méliz Linares. Los lazos que me unen a esta tierra hunden sus raíces en el tiempo y son tan profundos que incluso los padres del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, son españoles.

Hubo una época llamada El siglo de las luces en la que se pretendía combatir la ignorancia y el oscurantismo. Conozco, por referencias, la obra de Ortega y Gasset, algún que otro trabajo de Menéndez Pelayo, el legado de Unamuno, Valle Inclán, Lorca, Alberti. ¿Qué pasó con las oscuras golondrinas de Bécquer? ¿Adónde se quedó el “verde que te quiero verde”, ¿en qué momento perdiste el horizonte, te sumergiste en la espesura abandonaste la utopía y se marchitó la esperanza?

“No soy de un pueblo de bueyes”, eso decía Miguel Hernandez mientras moría de tuberculosis en la cárcel. De verdad, España ¿cuál es el país que quieres construir? ¿Cuáles son tus aspiraciones futuras? Por favor, no cuentes conmigo para perder el tiempo. Hay un cisma político tan grave como violento entre los hijos de tu tierra que dura ya ochenta años.

¿En serio no han bastado treinta años para aprender a tolerar y establecer un diálogo nacional constructivo que dé alas a la nación? ¿Qué sucede en este país? ¿Acaso no somos capaces de reconocer nuestras propias debilidades? Me sorprendo ante la gente que dice ser apolítica, me sorprendo y me avergüenzo ante los contenidos televisivos, en especial los anuncios, que buscan con toda impunidad establecer un patrón de consumo en la población, imponer un modelo de vida que desacredita, de facto, a los adolescentes con sobrepeso o con tendencias homosexuales.

Se idolatra, en la mujer, la figura escuálida, el macho musculoso y lascivo se expone como el summum de lo deseable, ¿luego queremos menos violencia de género? De verdad… Y las demonizadoras del heteropatriarcado, ¿qué hacen? ¿Por qué no están cuando se las necesita? La sociedad está llena de anuncios estereotipados que denigran a la mujer, ¿esos anuncios no son cuestionables, están bien?

De verdad, España ¿por qué penalizas lo diferente? Y más importante aún, por qué banalizas lo único que tiene el ser humano que lo diferencia de los animales, su humanidad. ¿Es una trampa? ¿Lo haces a propósito? ¿Es para manipular mejor a las personas? ¿Quieres convertirnos en esclavos?... Más… Todavía…

Ser frívolo está de moda, ¿verdad? En Facebook todo el mundo es feliz. Una amiga publica sus vacaciones en un hotel de lujo mientras pasea en un yate por el Caribe. Un escritor airea sus trapos sucios, odia a otro que tiene éxito.

Mientras recorro la web encuentro dos artículos que alaban la marca personal* de Perez Reverte y uno que lo crítica porque sus artículos no iluminan como él esperaba. Reflexiono sobre esto último y establezco la comparación: Perez Reverte versus Sartre, no. Las cuentas no salen. Lo intento otra vez, Perez Reverte versus Saramago, ni hablar. Perez Reverte versus Joan Didion. Dios mío, pienso. ¡Qué horror!

La siguiente idea está muy relacionada con dos conceptos que a menudo se entrecruzan, pero que en realidad, según los culturosos de la lengua, son excluyentes: popularidad y calidad. El Principito es una obra popular con una gran calidad, A Sangre Fría, Lolita o El amante de Lady  chatterley gozan de popularidad y prestigio. Las tres últimas detentan una relevancia singular y ocupan un lugar de culto en la Literatura Universal porque nos ayudan a entender mejor al ser humano, nos hacen reflexionar. Ahora, Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo son obras populares y con calidad que pertenecen a la categoría juvenil. ¿Eso no es lo que escribe Perez Reverte? Ah, verdad. Olvidé Territorio Comanche.

Luego está la coherencia de los intelectuales, a menudo, demasiado incoherente y la hipocresía de la sociedad. La doble moral y la cobardía nos asedian a cada paso. Tenemos políticos demasiado preocupados por agradar a los votantes en vez de por decir la verdad, mucha gente con calidad humana que prefiere permanecer en silencio. Líderes que aúpan los sueños de millones de españoles para luego dejarlos caer ante la mirada atónita de un pueblo que observa un comportamiento errático en Pablo Iglesias, un viraje sorprendente más propio de la derecha recalcitrante que él dice combatir.

Sin embargo, su colectivo lo apoya. Lo cual es un ejemplo de lo moldeable que puede llegar a ser la gente con tal de no reconocer sus errores. Se parece al cántico propugnado por los socialistas en Rusia para evitar críticas al sistema y fortalecerlo. Así ocurrió al principio y durante mucho tiempo. Luego, cuando la censura y los asesinatos se hicieron evidentes fue demasiado tarde para protestar, para reivindicar o tal vez ya no les interesaba. Estaban demasiado inmersos en su sueño o en su propia locura. Un comportamiento errático, a fin de cuentas, siempre es y será un comportamiento errático. Tiene la virtud, además, de expandirse como los vicios del alma. 

Estamos preocupados por la educación de los jóvenes. El debate se eterniza. Una y otra vez las mismas discusiones, los mismos argumentos manidos, las mismas argucias de uno y otro lado. Treinta años y los resultados siguen siendo pésimos. Prometo llegar hasta el fondo del problema. Eso me digo antes de empezar a investigar. Comienzo por valorar el profesorado de la universidad española a la que asisto. Es un pecado de soberbia, lo sé.

Como es de suponer, los profesores son inteligentes y tienen conocimientos sólidos. Sin embargo, detecto problemas en Metodología, Pedagogía y en la dosificación de los contenidos. No es necesario ni pertinente saturar a un alumno con demasiados conocimientos.

La enseñanza de religión, a día de hoy, con perdón de los católicos, supone una pérdida de tiempo en términos de competitividad. Si la nación quiere ser competitiva necesitamos una generación con destrezas sólidas en Matemáticas y Lengua. Aliviar el currículo y poner el énfasis en los aspectos trascendentales de la enseñanza urge.

El método de enseñanza sigue siendo, en el siglo XXI, tan tradicional que casi me caigo de espaldas. Tradicional y basado en la memorización. Las actividades prácticas no existen o son ineficientes. En las clases, los profesores asumen un modelo mono dial “...yo soy Dios. Ustedes, copien, ¡rápido! tomen nota...”. Es una broma, tristemente cierta. En todos los casos no es así, desde luego. La enseñanza basada en la adquisición de competencias o habilidades por parte de los alumnos se abre paso tímidamente, lo cual es una buena noticia.

Las visitas a clases para evaluar el desempeño de los profesores in situ, si existen, nunca tuve la oportunidad de valorarlas. En mi corto periplo de cuatro años por el Sistema Educativo Español en Madrid y en las relaciones que establecí con profesores de varios institutos nunca jamás se refirieron a ellas como un elemento de control para valorar la efectividad de un docente.

Despierto, es otro día. Me entero de que otra vez hay un debate nacional sobre la educación. Hoy es sobre la diversidad en las aulas y las medidas que debe tomar el gobierno con el objetivo de contrarrestar los abusos que se cometen en las personas de los niños y jóvenes con tendencias homosexuales.  

No discuten cómo abordar las diferencias o las necesidades especiales de cada alumno para enseñarlo mejor, tampoco se debaten las estrategias más efectivas para dotar a los alumnos de los conocimientos necesarios para el mundo que se avecina, ni cómo paliar los efectos que la brecha económica abre en términos de aprendizaje entre los infantes, tampoco se discuten programas que fomenten la diversidad, el compañerismo. Se debate, en concreto, los fondos que destina un partido político u otro a la educación. Ojalá fuera un problema de dinero. Es un factor de peso, pero no es el único factor ni tampoco el más importante.

Por la televisión nos restriegan en la cara cada cuatro meses los logros educativos de Finlandia.  El debate se recrudece, la experiencia Finlandesa, si  se puede, crea más confusión. Hay dos abismos entre los rubitos nórdicos y los morenos de España, el primero es cultural, esa idiosincrasia tan esperpéntica a veces, el otro es económico. Es necesario ser prácticos. No siempre es una cuestión de dinero, China lo ha demostrado y por supuesto, Cuba.

Me sorprendo. No doy crédito. En la universidad, un catedrático que habla un Francés perfecto y especializado en Jerome Bruner, un día me dice que existen intereses políticos y voluntad política para que la situación se mantenga intacta, tal y como está ahora. Esto no me sorprende. La repetición y el pensamiento memorístico dan lugar a ciudadanos obedientes con poca creatividad e imaginación.

Los políticos deben estar interesados en que sus ciudadanos tengan estas características. Los políticos se envuelven en un discurso a veces cursi y absurdo cuajado de verdades a medias, datos e interpretaciones tendenciosos porque creen que los demás somos tontos. Los políticos a veces ni siquiera saben utilizar el lenguaje con verdadera soltura y riqueza, ¿es necesario citar? No, es simplemente un efecto más de la era de la posverdad. Por cierto, posverdad suena rotundo y salvaje; ajeno y conmovedor. Un nombre hermoso y reluciente para decir que estamos en plena decadencia, o en otras palabras, que la sociedad se cae a pedazos.

La tradición oratoria de España se está marchando por el caño del desagüe como los bancos de peces y los arrecifes de coral, la cultura humanística anda desperdigada por ahí, en alguna parte. Siento que nos han quitado algo que será difícil de recuperar, la dignidad humana.

El infierno son los otros, es una frase de Sartre sobre la que vuelvo una y otra vez. Reflexiono sobre la vida, el mundo, nuestro planeta. No he pasado por alto el nivel de crispación presente en nuestras sociedades, la escisión cada vez más profunda, la intolerancia a la opinión ajena, a la expresión del otro yo. Los científicos que gestionan el Reloj del Juicio Final adelantaron el reloj nuclear a dos minutos para la medianoche en enero del 2018, pero a nadie la interesa.

La vida, en definitiva, es hermosa. Eso me digo mientras contemplo el atardecer. Las maletas me esperan en el salón. Ya está todo recogido. Sobre la cama he dejado una rosa para el próximo inquilino. España, no me marcho de tu tierra porque seas infiel, me marcho del planeta porque no me comprendes y porque en realidad tú no me amas.

*Ahora las personas no somos seres humanos sino marcas o papelinas o cualquier otra cosa. 

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