El último beso del año  

Son las cuatro de la madrugada y no puedo dormir. Afuera escucho gritos, ruido de gente que festeja. La música está alta y los hombres no paran de gritar. Me asomo a la ventana, hay un hombre en el centro de la plaza que hace el numerito del traga fuegos. A su alrededor hay mucha gente reunida, gritan y piden más.

–¡Venga, queremos más!

Desde mi ventana aprecio cada detalle de la plaza, gente que grita desaforada porque se acaba el año mientras beben deprisa, como si con cada trago apuraran los últimos vestigios del año que se muere. Escucho el grito de un vecino en medio de la soledad.

–¡Por favor, los vecinos queremos dormir! –La respuesta no se hace esperar.

–¡Vete a tomar por culo, hijo e puta! –Luego las risas que lo inundan todo.

Las horas se deslizan lentas y silenciosas. Al final, decido salir a refrescarme. Hace frío y hay mucha gente, más de la que esperaba. Los grupos se reparten por la plaza de manera irregular, son jóvenes, unos gritan y saltan, otros celebran con botellas de cerveza mientras esquivo a cada paso las hordas de chinos y paquistaníes que constantemente me ofrecen alcohol.

–Celveza, Celveza, ¿quiele celveza? –En una esquina, frente a la tienda de ropa, una pareja se besa mientras a su alrededor discuten de política.  Una joven pelirroja, de otro grupo, grita como si fuera una animal herido, está en mitad de la plaza y grita una vez, dos veces. El traga fuegos detiene el espectáculo. La gente está en suspenso durante unos instantes, después la ignoran. Me acerco con cautela, hay mucha gente.

La muchacha vuelve a gritar. Esta vez la empujan, casi pierde el equilibrio. Discute con un joven a voces. El chico le da una bofetada, la muchacha cae al suelo. Camino más aprisa. Nadie parece enterarse de la situación. Estoy lo suficientemente cerca como para escucharlos.

–¡Te vas a la puta casa, si no te gusta, te vas a la puta casa! –La muchacha no responde, está en el suelo, desmadejada.  –Intenta levantarse, no lo consigue. Llora. 

–¿Por qué me haces esto? –Consigue decir, ¡Alberto!, ¡por favor!, ¡lo voy a hacer, lo voy a hacer, joder! –los sollozos la interrumpen, en medio del alboroto y la alegría general apenas se la escucha. Son cerca de las doce, es treinta y uno de diciembre del año 2018. Cada vez hay más ruido.

–¡Alberto! –Lo agarra del brazo cuando intenta irse, el chico le pega otra bofetada y cae al suelo, desmadejada.

–¡A mí déjame en paz, haz lo que te salga del coño! 

Un grupo de chicas observa la escena en silencio, beben y comentan entre sí. Una de ellas se acerca y la escupe. Regresa al grupo con aire de triunfadora y se agarra a la cintura de Alberto, lo besa también con entusiasmo, como si quisiera beberse al mundo mientras a lo lejos, se escuchan las campanadas que anuncian el inicio del nuevo año, la plaza se convierte en una locura, en un verdadero desenfreno. La gente grita, salta, se abraza. –Escucho un grito ahogado en medio de la algarabía, los saltos de las personas me obligan a ir hacia atrás y sin desearlo, me encuentro en medio de una multitud que salta al grito de ¡feliz nuevo año! ¡feliz nuevo año! Ahora me parece que son cientos, miles de personas ¡feliz nuevo año! ¡feliz nuevo año! –Logro desentenderme de ellos, me aparto; los esquivo como puedo y camino de prisa, tengo una sensación extraña en el pecho, una especie de opresión que cada vez es mayor ¡feliz nuevo año! ¡feliz nuevo año! Aparto a unos y a otros, ¡feliz nuevo año! ¡feliz nuevo año! Encuentro a la joven en el suelo, ¡feliz nuevo año! ¡feliz nuevo año! A su alrededor hay sangre, ¡feliz nuevo año! ¡feliz nuevo año! y cerca de su mano, una navaja.

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