Del amor y otros demonios a 40 grados de calor

Pasé el resto del día preocupado, con la certeza de que algo horrible estaba a punto de suceder. No me esperaba esa reacción de ella. No me esperaba sus gritos, ni el dolor, ni la tristeza. Habíamos pasado un fin de semana estupendo en la granja de unos amigos suyos. Teníamos caballos y un río enorme. El primer día me caí del caballo y rodé cuesta abajo unos quince metros. Todavía recuerdo el griterío y la gente corriendo para rescatarme.

–¿Rescatarme de qué? –Dije mientras apretaba los dientes porque la pierna me dolía horrores. Luego el tobillo comenzó a hincharse. Por suerte resolví la situación con hielo y calmantes.

A los tres o cuatro días pude volver a caminar. Siempre que me preguntaban respondía invariable lo mismo, –¿Si estoy mejor de qué? –Lo más probable es que la gente pensara que estaba loco, completamente loco. Generalmente no preguntaban nada más. Me observaban en silencio y luego se marchaban, desparecían.

Por la mañana solíamos dar un paseo por la montaña, luego a mediodía, lo normal era comer en el único bar del pueblo…

Los personajes de mis compañeros de clase no me daban un minuto de respiro. Ramona fue la primera, luego el chino asesino que imaginaba con los colmillos afilados y una figura muy escueta, escurrida, al punto del colapso físico “no sé por qué lo había imaginado así”. Después apareció Dennis y su historia de Bullying, Julia y Miranda o Bel con su fracaso amoroso a cuestas, las idas y venidas, las discusiones a flor de piel y el sabor amargo en la boca ante el fracaso y la frustración.

Después de comer subimos la cuesta hasta el mirador. Hacía muchísimo calor. Pensé en los compañeros que participaban en el concurso de Amazon. “Si alguno de ellos ganara”. –Me dije. Ahora mucha gente cree que si uno es capaz de desear algo con mucha fuerza se convierte en realidad. Lo llaman el poder de la atracción.

Imaginé que ganaba un millón de euros para siempre. No sé por qué aparecieron esas palabras en mi mente: para siempre. Quizá porque no quería que luego el dinero se diluyera en cuatro meses. Un millón de euros puede parecer mucho, pero estoy seguro de que existen mil y una formas de gastarlos en cuatro meses. Si no que le pregunten a mi madre, una verdadera experta en el arte de fundir dinero.

La brisa nos alivió el calor unos instantes. Ela parecía preocupada.

–No te ves bien. –Dije como quien no quiere la cosa. Tenía el rostro sudoroso. Empezó a llorar despacio. Nunca antes en mi vida sentí un silencio tan opresivo, tan lleno de recuerdos y frases ominosas y luego estaba el dolor, después de las mentiras y de las risas estaba esperando siempre el dolor.

 Durante unos instantes no dijo nada. Seguí a su lado sin moverme durante mucho rato. Luego nos fuimos a nuestra habitación y no tuvimos sexo. Era la tercera vez que se negaba. Lo atribuí al calor.

Al día siguiente fuimos al mercado. Quería comprarle un regalo a mi madre. Los vendedores eran amables, mostraban sus trabajos y se esforzaban por vender, pero no me convencía ninguno.

Me entretuve por entre los puestos de los vendedores. Miraba aquí y allá cuando perdí de vista a Ela. Entonces me llamó la atención un niño. Se parecía demasiado a Frank. Saltaba por entre las personas. El bazar de repente se hizo concurrido. La gente llegaba en oleadas.  El niño seguía con su juego. Necesitaba acercarme a él.

–Frank. –Dije con timidez al principio. Aparté a un hombre alto y delgado con cara de chino que insistía en venderle a una mujer un jarrón de porcelana.

–¡Frank! –Repetí esta vez con más fuerza. –Un par de vendedores desviaron la mirada. El niño se introdujo por una calle cortada y estrecha. Eché a correr y cuando estaba a punto de alcanzarlo desapareció, sin más, frente al puesto de una vendedora.  No podía creerlo. Hice lo único posible en mi caso, observar las figuritas del puesto.

La mujer, una señora obesa y entrada en años no mostraba interés por venderme nada. Picado por la curiosidad pregunté el precio de una tela.

–No están en venta. –Supuse que me estaba tomando el pelo.

–¿Está segura? –Asintió.

Entonces me llamó la atención una figura extraña y antigua.

–¿Qué es?

–El Dios Pan. –La observé detenidamente. –El claxon de un coche empezó a sonar a lo lejos, no sé, quizás a veinte o treinta metros.

–¿Puedo tocarlo?

–Cójalo. Es un buen regalo.

–Tomé la figurita y la observé durante un rato.  –Supongo que no era un buen regalo para mi madre. 


Esta es la figura del Dios Pan.

–Le dará buena suerte.

–¿Qué? –Dije sin dar crédito a sus palabras.

–Le dará buena suerte. A usted, señor. A su mujer. ¿Tiene hijos? Es buena para tener hijos. –Me empezó a doler la cabeza.

–¿Cuánto cuesta?

–Doce dólares. –Pagué lo que me pedía.  Tal vez no fuera el mejor regalo del mundo, pero al menos era original. Me bastaba con que mi madre no me lanzara la estatuilla a la cabeza.

–Oiga –pregunté antes de marchame– ¿habrá visto a un niño pequeño de unos nueve años?

–No.

El calor era cada vez más intenso. Cuando regresé sobre mis pasos encontré una gran conmoción en el bazar. La gente corría de un lado a otro.

–¡Agua! ¡Agua! –Gritaba un hombre. –La mayoría de la gente se había desplazado hacia la esquina, justo a una pequeña plaza. –El dolor de cabeza no me dejaba en paz.

–¿Qué ha ocurrido? –Interrumpí a un hombre que marchaba decidido.

–¿No lo sabe? ¡Un accidente con un coche! 

–¿Qué? –El hombre se deshizo de mí de un tirón. Fui tras él por entre la multitud. El sonido de las sirenas y el ruido de las personas impedían que se pudiera escuchar cualquier otra cosa.

–¡Permiso! ¡Permiso! –Apartaba a las personas a uno y otro lado. ¡Por favor, dejen pasar! Entonces la vi en el suelo. Un par de mujeres lloraban. La sangre corría abundante por su entrepierna.

–¡Ela! –Pensé.

Un policía se abrió paso entre la multitud. Los enfermeros subieron a Ela en una camilla y desaparecieron. Miré al cielo. Tenía un color cobrizo.

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