Yo era una chica normal, residente en una ciudad normal, que disfrutaba de cosas normales y, en definitiva, vivía una vida muy normal. Una vez alguien me dijo que tanta normalidad no era posible. Y ahora, escondida en el cubo de basura de un callejón trasero del pub más siniestro en el que jamás he estado y escuchando esas voces, mientras le pegan a aquel tío la paliza de su vida, os puedo asegurar que tenía razón. Pero no quiero adelantar acontecimientos.

Hace solo unos meses me encontraba felizmente casada. Tenía un buen trabajo y vivía una vida aparentemente tranquila. Algo aburrida, si queréis, pero era feliz. O al menos, así me sentía. Hasta que de pronto, llegó la CRISIS. Y no me refiero a esa crisis de la que hablan los periódicos casi a diario y a causa de la cual me queda una imponente hipoteca que me acompañará por el resto de mis días, y una plaza privilegiada en las listas del paro. ¡No, qué va! Hablo de la crisis de los treinta. Sí, sí, lo habéis entendido bien, la crisis de los treinta. Que viene a ser más o menos como la de los cuarenta pero adelantada diez años. Es ese trance en el que los hombres se convierten en entes emocionalmente inestables, incapaces de asumir los compromisos en los que ellos mismos decidieron involucrarse, y durante el cual se replantean qué ha sido de su vida, para acabar descubriendo que no han disfrutado lo suficiente. En definitiva, entre los “no sé qué quiero hacer con mi vida”, “no eres tú soy yo” y “somos demasiado jóvenes para cerrarnos puertas”, me encontré compuesta y sin marido. Y os podéis imaginar, que con el doble de tiempo libre y la mitad de tareas por realizar, mi vida se convirtió en un soberbio aburrimiento.

Tras un par de meses levantándome tarde, comiendo helados mientras me tragaba uno tras otro los programas basura que ponían en la televisión y gastando cajas enteras de pañuelos de papel para sonarme los mocos, me di cuenta que no podía seguir así. Está bien, está bien… fueron mis padres quienes me dijeron que no podía seguir así, y me obligaron a tomar una decisión.

–O le das un giro a tu vida, o te dejamos de pagar la hipoteca. Eso sí, te vienes a vivir con nosotros.

Lo tuve claro. Ante todo soy una persona independiente. A partir de ese momento mis hábitos cambiaron.  Además de levantarme temprano me aficioné a correr al menos treinta minutos diarios y claro,  intenté rellenar el vacío apuntándome a toda clase de actividades, gratuitas, claro está. ¡Ah sí! Y le dije a mis padres que estaba buscando un trabajo.

El día que esta historia empezó me levanté a las nueve, fui a correr, me puse un poco mona y salí de casa para dirigirme a mi clase de macramé de los jueves por la mañana. Me había propuesto no usar el ascensor, o hacerlo lo menos posible, así que bajé por la escalera dando pequeños saltitos hasta que al llegar al segundo me percaté que la puerta del piso B estaba entreabierta.

Al principio, no le di demasiada importancia, iba a seguir mi camino cuando me acordé que aquel era el piso de la familia Gómez y que estos, además de dos niños, tenían un perro. A pesar de que aquel perrito era muy molesto, me supo mal que se pudiera escapar, así que toqué al timbre para advertirles pero nadie contestó. Tras llamar un par de veces  a la puerta esta se abrió.

–¡Hola! –Nadie contestó–. ¡Hola! ¿Hay alguien?  –silencio absoluto.

Ante la falta de réplica e incapaz de frenar mi curiosidad, decidí adentrarme en la vivienda en busca de respuestas. Entré muy despacio, prácticamente a tientas. La luz era escasa. Al llegar al centro del comedor tuve la impresión de que algo se movía en una de las habitaciones. Una vez en la puerta, casi me caigo de culo de la impresión. El cuerpo inerte del señor Gómez se balanceaba suavemente colgado en la lámpara de techo del centro de lo que parecía ser su despacho. La soga era gruesa. Además podía apreciar marcas oscuras alrededor de su cuello hinchado. Muy cerca de sus pies, una pequeña banqueta de madera yacía tumbada en el suelo. Tuve que apoyarme en el marco de la puerta para mantener el equilibrio, me deslicé hasta el suelo y allí sentada, incapaz de moverme, estuve un rato…”.

 

 

 

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