Cielo Rojo fragmento

El inicio

El sueño siempre terminaba de la misma manera. Estaba desnudo en medio de la nada y una niña ciega me invitaba a pasar al otro lado de la puerta. No existía encima o abajo, delante o detrás, era una sensación tan extraña y perturbadora que despertaba de inmediato con la certeza de que en algún sitio un grupo de hombres se esforzaba por comenzar una guerra.

Durante la mañana siguiente seguí con aquella sensación de angustia. Incluso, pensé en ir al médico, pero ¿qué le iba a decir?, ¿qué puedes decirle a un doctor cuando las cosas no salen bien? ¿Qué puedes decirle a alguien que ni siquiera conoces y que te saluda de manera afectuosa, como si te conociera de toda la vida?

–Buenos días, Nasser ¿Cómo te encuentras hoy?

–Muy bien, doctor.

–¿Qué significa bien? –Se quita los lentes y me observa en silencio, con una de sus miradas inquisitivas. Justo el tipo de mirada que detesto porque se supone que ahora debo empezar a hablar y contarle mis miedos, mis temores, mis desgracias. Y pensar que estoy pagando setenta dólares la hora cuando cualquier amigo podía perfectamente hacer lo mismo. El problema es que no me quedaban amigos o tal vez sí, ya no lo sabía y tampoco estaba interesado en averiguarlo.

Pasé el resto de la tarde como pude y a la mañana siguiente decidí ir a Miami y hablar con Raquel. La verdad, no sabía qué esperaba.

–¿Piensas en mí todos los días?

–Un poco. –Contesta Raquel mientras le pongo la mano en la entrepierna, le sobo las tetas, le quito la blusa.

–No, la blusa no. –Dudo, no sé si obedecer o dominarla. Estamos en la habitación de un hotel de mala muerte con el aire acondicionado al máximo y aun así, sudamos. Estamos calientes, tanto que no puedo contenerme. Ignoro su reclamo, la abrazo por la cintura. Es estrecha y perfecta, ideal para lo que pretendo hacer. 

–¡Te dije que no! –Los ojos de Raquel centellean. La obligo a ponerse de pie.

–¿Así que no quieres que te quite la blusa? –No responde nada, está expectante, acaricio el clítoris muy suave, su mirada se pierde, se humedecen las comisuras de sus labios y gime. La observo balbucear. “Dame más, papito, dame más” –atrapa mi pene, quiere introducirlo en su vagina, me resisto, le muerdo una teta, mantengo el ritmo de la mano, le susurro al oído –todavía no–. Y ella suda, suda y mueve la cabeza a uno y a otro lado. Cambia de posición, un talón luego otro, crispa los dedos y se abraza a mí prácticamente desnuda, vuelve a gemir y me abraza, esta vez tensa; mientras los ojos se le pierden en el vacío. Sonríe y  grita: ¡por Dios!, ¡¡¡que rico, papiii!!! ¡Ay!, ¡por favor!, ¡más! ¡Métemela, más! Un segundo, dos segundos; un espasmo recorre su cuerpo, valoro la intensidad, «sí, este sí».

Raquel tiene en los ojos una expresión de súplica, entonces la giro y de espaldas, la penetro con toda la fuerza de mi falo cargado de malicia. Raquel deja escapar un gemido sordo, dos… «hasta la garganta», pienso. Sigo así un rato hasta que la oigo gritar de nuevo, esta vez con una intensidad del tamaño del Empire State, como si fuera a acabarse el mundo o como si no existiera la vida y sobre la faz de la tierra existieran solo dos personas, ella y yo. Cuando termino, la beso con efusión antes de escapar hacia el baño con premura.

A los cinco minutos salgo. Raquel está sobre la cama, comienzo a vestirme, ella me mira atónita.

–¿Vas a comprar algo? –Sonrío.

–No.

–Pero, ¿te estás vistiendo?

–Tengo que irme.

–¿Qué?

–Tengo trabajo.

–¿Perdón? –A Raquel la sorprende un súbito dolor cabeza.

–Te lo dije ayer, tuve tres días de descanso, ya se terminaron.

–¿Pero? –Termino de abrocharme los últimos botones de la camisa.

–De verdad que no puedo. –Repito. 

Cuando estoy listo pongo las llaves sobre la mesa.

–Aquí están las llaves, cuando te vayas déjalas en la recepción.

–¿No vas a despedirte de mí? –Sonrío otra vez.

–Cómo no hacerlo. –Me acerco y la rodeo con un cálido abrazo. Raquel estalla en sollozos.

–Venga, Raquel. ¿Ahora qué pasa? –Sigue llorando. La consuelo, hago todo cuanto está a mi alcance para tranquilizarla, pero es inútil. Por fin consigue calmarse, poco a poco recobra la serenidad.

–¡Ay! Nasser, ¡perdóname!, ¡perdóname!

–Nada, no hay nada que perdonar.

–Es que… –La interrumpo.

–Lo sé, es difícil.

–¿Cuándo nos volveremos a ver? –Miro el reloj de pulsera, luego a ella.

–No estoy seguro. 

–¿Qué te parece la semana que viene? –Iba a proseguir, pero se detiene.

–¿Qué pasa la semana que viene?

–La semana que viene estaré libre. Andrés tiene que viajar. –No digo nada. Tendremos toda la semana. –Toco las llaves del coche en el bolsillo del pantalón, miro al suelo, luego a ella.

–¿Qué te parece? –Dudo unos instantes, de pronto me decido–. Perfecto, lo coordino para que sea un encuentro agradable.

–Como antes –se le escapa a Raquel–, quiero que sea como antes.

Reflexiono unos instantes, «las vueltas que da la vida».

–Te quiero Nasser. –La miro por última vez antes de salir al pasillo.  Hace mucho calor, demasiado calor. Pienso mientras me dirijo al LEXUS GX 460. Enciendo el motor y se activa la consola de música: esto está rico, esto está rico. El aire acondicionado comienza a funcionar de manera automática. Saco el coche del estacionamiento en reversa y pongo rumbo a la ciudad.

 Conduzco a todo gas por la autopista, cuando me percato, aminoro la marcha. Me gusta viajar con la música a tope, el aire acondicionado a tope, la vida a tope. Suena el teléfono. Es Raquel, la ignoro. A los cinco minutos vuelve a sonar el teléfono, esta vez se trata de un pariente lejano que vive en Miami. Tampoco contesto.

El móvil suena otra vez. ¿Quién coño será ahora? Es un número desconocido. No lo voy a coger, no lo pienso coger. –El teléfono sigue sonando durante un tiempo que me parece una eternidad. ¡Mierda de gente! –Elevo el sonido de la música, las ventanas del auto vibran como si fueran a quebrarse: esto está rico, esto está rico. Dejan un mensaje. Todavía debo preparar dos informes y hablar con el jefe.

El teléfono suena otra vez. Es el mismo número desconocido. «Pero, ¿quién se cree este tipo?, ¡llamando con tanta insistencia!» Conecto el manos libres, bajo el volumen de la música. Antes de que pueda hablar me increpan del otro lado de la línea.

–¿Nasser?

–Hola, ¿eres tú Susan?

–Sí, soy yo.

Silencio, indecisión. «Quiero hablar, pero no sé qué pensar ni que decir». Susan se apresura a intervenir.

–Tienes que venir a New York, ha habido otro asesinato.

–Es mi día libre.

–Lo sé. –Susan hace una pausa. –¿Dónde estás ahora?

–En Miami.

De nuevo el silencio. Me viene a la memoria una frase: «se peca de muchas maneras, por exceso de amor o por debilidad de carácter, pecan las impuras y las puritanas, pero sobre todo, pecan los cobardes por amar en silencio. ¿Dónde había escuchado esta frase?». Seguramente en alguna telenovela de tres al cuarto.

–Nasser, ¿sigues ahí?

–Sí, aquí estoy.

–No te preocupes, nos ocuparemos nosotros. –Dice antes de colgar. Me quedo meditabundo, pienso en sus ojos y en lo bonita que es su sonrisa, pero sobre todo, en su sonrisa.

La leyenda negra de Waco todavía era un hecho demasiado reciente como para ser olvidado, así que cuando Jessica Holdman recibió una llamada procedente del rancho Anhelo de Sión no dudó en comunicárselo a las autoridades. Antes había recibido otras denuncias, pero esta vez era diferente. Lo supo en cuanto escuchó la voz susurrante de la persona que se encontraba al otro lado.

–Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo? –Por la radio estaban pasando su canción favorita God save the Queen interpretada por Freddy Mercury así que estaba muy entusiasmada y a punto de repetir mentalmente cada una de las frases cuando se dio cuenta de que nadie había contestado. En vez de escuchar una voz solicitando ayuda o consejo solo encontró silencio durante los primeros cinco o seis segundos. Luego, una voz dijo algo que fue incapaz de descifrar. De inmediato apagó la radio.

–¿Puede repetir la pregunta?

–Digo, ¿si este es el Centro de Atención de Menores de Hartkwe? –La voz sonaba lejana, era más bien un susurro mal articulado, aunque esta vez sí entendió a su interlocutor. Por el tono debía de ser una muchacha de entre quince o dieciséis años, tal vez más.

–Sí, es el centro de protección al menor. ¿Necesitas ayuda? ¿De dónde llamas? –Colgaron el teléfono.

No se esperaba esto. Reflexionó unos instantes sobre lo que acababa de ocurrir. No solo era extraño, también tenía la sensación de que conocía esa voz, tal vez se trataba de…

El teléfono volvió a sonar. Esta vez prestó la máxima atención posible y fue más cuidadosa al hablar, pero no hizo falta.

–Hola, me llamo Emily y necesito ayuda.

–Hola Emily, ¿desde dónde llamas?

–Estoy en el rancho Anhelo de Sión. –Casi da un respingo cuando escuchó el nombre. ¡Lo sabía, lo sabía!

Llevaban meses recibiendo llamadas del rancho con acusaciones muy serias. La policía había realizado registros en dos ocasiones sin obtener resultados incriminatorios. Sin embargo, las llamadas se repetían una y otra vez, siempre era la misma persona. Una joven con un tono infantil que jamás relevaba su nombre. Los investigadores del departamento de atención a menores habían creado su ficha con el apelativo de la voz susurrante.

Un día, de repente, las llamadas cesaron y esta noche, tras siete meses en silencio, de nuevo reiniciaba el contacto. Era muy posible que solo se tratara de una corazonada, pero estaba prácticamente convencida de que ocurría algo grave.

–No cuelgues cielo, es la única forma de ayudarte. ¿Me comprendes? –Otra vez el silencio. Emily, ¿estás? No podía creerlo, dos veces en la misma noche, dos llamadas perdidas e inútiles. No se lo perdonaría. De pronto la voz contestó.

–Sí, estoy aquí.

–Muy bien, cielo. ¿Cuántos años tienes?

–Quince, dentro de poco cumpliré dieciséis.

–¿Tus padres están ahí?

–Solo mamá, pero ella está de acuerdo, ella estuvo de acuerdo.

–¿Con qué estuvo de acuerdo, cielo?

–Estoy embarazada, necesito ayuda. No quiero tenerlo.

–Cielo, necesito que me des más información. ¿Tienes novio, estás casada?

–Me obligaron el año pasado a casarme.

–¿Con quién?

–Con Bernie.

–¿Qué edad tiene Bernie?

–No lo sé. Cincuenta, quizá. Cincuenta y algo. –Un escalofrío recorre mi espalda cuando escucho el número.

–¿Puedes darme los datos de Bernie? –Anoto toda la información en el ordenador.

–Tengo una hija. Ahora va a cumplir ocho meses y no sé qué hacer. Pero está lo de Jeremy, no sé lo que quieren hacer, están como locos, por favor, por favor –La voz se le quiebra y rompe a llorar.

–Emily, escucha. Necesito que te calmes. Vamos a ayudarte. –De repente pierde la comunicación, como si el teléfono se hubiera caído al suelo.

–¡Emily! ¡Emily!

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