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21 de octubre de 2026

Lo que el caso Goncourt no entiende de escribir con IA

Ray Bolívar Sosa · Se lee en 5 min

Después de estudiar cómo escriben más de sesenta autores con inteligencia artificial, he llegado a una conclusión. Su mayor problema no es la prosa sino la trama.

Por Ray Bolívar Sosa

A finales de septiembre, la Academia Goncourt retiró de su primera selección la novela de Thélyson Orélien, C'était ça ou mourir. Una cuenta anónima había sometido fragmentos del libro a un detector de inteligencia artificial. El resultado fue positivo. El autor rechaza las acusaciones. Poco después, un periódico canadiense localizó en un relato suyo de 2012 frases idénticas a las de otro escritor. No sé qué ocurrió realmente durante la escritura de esa novela y no tendría sentido especular. El caso de Thélyson Orélien ha vuelto a plantear una pregunta que escucharemos reiteradamente en los próximos años: ¿podemos saber si un libro ha sido escrito con inteligencia artificial?

Yo añadiría otra: ¿qué significa exactamente «escribir con inteligencia artificial»? Llevo años enseñando escritura creativa y he creado Bookit Novel AI, una herramienta para acompañar la escritura de novelas. Más de sesenta autores la han utilizado y han producido cerca de un millón de palabras. He analizado sus borradores, sus reescrituras, sus escenas fallidas y, sobre todo, he sido testigo de esos momentos en los que un escritor lleva tres días delante de la misma página porque no sabe qué ocurrirá después.

La experiencia me ha hecho desconfiar de la imagen más repetida sobre literatura e IA: la del escritor que pulsa un botón, recibe una novela de trescientas páginas y pone su nombre en la cubierta. Esa deformación existe, pero no refleja el valor de la tecnología. Cuando empezamos a trabajar con autores pensábamos que la inteligencia artificial sería especialmente útil para resolver problemas de estilo. Sin embargo, el verdadero problema suele aparecer antes. La mayoría de los escritores no conocen la historia que están escribiendo. Saben cómo empieza, tienen alguna escena que les entusiasma e incluso tienen una idea sobre el final. El atasco comienza cuando necesitan construir las doscientas páginas que conforman el núcleo de una historia.

El segundo gran problema son los personajes. En sus fichas aparecen la edad, la profesión, el aspecto físico o un trauma infantil. Cuando preguntas qué quiere ese personaje, qué teme perder o qué estaría dispuesto a hacer para conseguirlo, la respuesta suele ser confusa. Y un personaje sin deseo no avanza.

Nada de esto nació con ChatGPT. Lo he visto durante años en talleres literarios. Lo curioso es que la máquina muestra estas carencias con relativa rapidez. La situación típica suele darse a continuación. Si el autor no sabe el rumbo de su novela, pide a una IA que escriba el capítulo cuatro. La máquina produce un texto correcto, sin faltas de ortografía y, con frecuencia, absolutamente prescindible.

Sin embargo, visto desde otro ángulo, ahí tenemos una de las utilidades con más potencial de esta tecnología: la capacidad de generar posibilidades. Imaginemos que un protagonista descubre la traición de un hermano. La máquina plantea cinco caminos. Tres serán previsibles, uno absurdo y quizá el quinto provoque en el autor una idea mejor. Ese simple mecanismo tiene la capacidad de iluminar el trayecto de una historia.

Antes esa conversación ocurría con un profesor, un compañero de taller u otro escritor. En la actualidad, la máquina cumple esta función. Lo mismo sucede con los personajes. Una IA propone contradicciones y formula preguntas, pero no conoce al personaje mejor que su autor. El descubrimiento ocurre cuando el autor identifica comportamientos que catapultan la obra (y la personalidad del personaje) hacia otro estadio.

La diferencia está en quién toma las decisiones y en el criterio. Cuando el escritor utiliza la máquina como un apoyo, sigue escribiendo su novela. En cambio, si delega las decisiones importantes y acepta sin criterio los resultados de la máquina, empiezan a surgir personajes de catálogo e historias previsibles.

Con la prosa soy bastante menos entusiasta. La inteligencia artificial escribe con corrección. Construye frases limpias, mantiene una sintaxis aceptable y, de vez en cuando, produce incluso una imagen hermosa. Por fortuna, la literatura exige la presencia de una voz personal, profundamente humana y única. Las máquinas, por el momento, son incapaces de crear arte. Al generar texto tienden a explicar demasiado, repiten patrones y, en definitiva, ordenan el lenguaje con una pulcritud excesiva.

En realidad, una parte considerable del trabajo escritural consiste en cortar, mover, reescribir, cambiar palabras y descubrir que un personaje jamás diría aquello que la máquina acaba de poner en su boca. Esta es también la razón por la que desconfío de los detectores de inteligencia artificial como jueces. Un detector analiza frases. Examina patrones estadísticos en un texto. Desde mi punto de vista, la intervención más importante de una IA no se encuentra en la producción de frases sino en la organización de la trama.

Una máquina puede proponer cinco desenlaces y el escritor elegir uno, transformarlo y convertirlo en otra cosa. Los modelos de IA redactan la primera versión de una escena que el autor reescribe durante horas hasta quedar irreconocible. ¿Qué porcentaje de inteligencia artificial hay entonces en el libro? No lo sé. Además, sospecho que nadie puede saberlo con precisión.

Por supuesto que existen libros fabricados casi por completo con inteligencia artificial, apenas revisados, publicados con la mayor celeridad y que no poseen un mínimo de calidad. Son flores marchitas destinadas a perecer. Entiendo, a raíz de la experiencia, que conviene hablar de procesos en vez de detectores infalibles. No es lo mismo utilizar una IA para discutir una trama que pedirle una novela y firmarla. No es igual generar un borrador y reescribirlo que publicar ese borrador. Tampoco es igual recibir una sugerencia que ceder la autoría.

Utilizamos la expresión «escrito con IA» para situaciones completamente diferentes, y ahí está en buena medida la confusión. Después de observar a decenas de escritores trabajando con estas herramientas, mi conclusión resulta curiosamente poco tecnológica. Las novelas siguen dependiendo de un personaje empujado por una gran motivación, de acciones y consecuencias que dependen de un ser humano. La inteligencia artificial es capaz de proponer caminos, pero no sabe qué novela merece la pena escribir. Esa decisión sigue ocurriendo en un lugar al que, de momento, ningún detector tiene acceso. El ser humano.

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«Las torres de fuego», de Ray Bolívar Sosa

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